MONASTERIO DE SANTA MARÍA LA REAL DE HUERTA

La historia del Monasterio de Santa María la Real de Huerta arranca con una promesa real. Alfonso VII, tras el cerco de Coria, decidió cumplir su palabra de la forma más contundente posible: fundando un monasterio. Y así, en 1142, llegaron desde la abadía francesa de Berdoues un puñado de monjes cistercienses encabezados por el abad Rodulfo. Su primera “casa” fue poco más que un refugio improvisado en un paraje llamado Cántabos, en Fuentelmonge, un lugar tan humilde como falto de agua… algo poco práctico para una comunidad que vivía, literalmente, del trabajo de sus manos. No pasó mucho tiempo hasta que decidieron mudarse a un valle más generoso, junto al río Jalón. En 1162 emprendieron el traslado y la historia comenzó a tomar forma. Entre sus protagonistas destaca Martín de Hinojosa, su cuarto abad, que llegó a ser nombrado obispo de SIGÜENZA (enlace a nuestra publicación) aunque prefirió renunciar, volver a su querido monasterio y ponerse manos a la obra. Y vaya si trabajó: impulsó ampliaciones, transformaciones y una arquitectura que combina románico, gótico y plateresco con la serenidad propia del Císter. El 20 de marzo de 1179, Alfonso VIII de Castilla colocó la primera piedra del edificio que hoy podemos admirar. Detrás de aquel ambicioso proyecto se cree que estuvo el mismo maestro que dirigió las obras de la CATEDRAL DE SIGÜENZA (enlace a nuestra publicación). Gracias al apoyo real y a generosas donaciones, el monasterio creció a una velocidad sorprendente, convirtiéndose en uno de los grandes tesoros monásticos de España.



Al acercarte al monasterio, lo primero que impresiona es su aire de fortaleza silenciosa. Todas sus dependencias —la iglesia, el claustro, la huerta, las bodegas, los almacenes e incluso la antigua panera— quedan abrazadas por un sólido recinto murado, reforzado por ocho cubos almenados que parecen custodiar siglos de historia.

Al cruzar la puerta, el visitante entra en un pequeño atrio que actúa como antesala al conjunto monástico. 

A la izquierda se alza la llamada casa curato, que en tiempos medievales fue mucho más que una simple vivienda: allí se ubicaban la antigua celda abacial, la portería y la mayordomía, verdaderas “oficinas” del monasterio. Frente a ella, mandando sobre la plaza, aparece la sobria fachada de la iglesia, presidida por una puerta de arco apuntado decorada con molduras lisas y dientes de sierra. 

Justo encima, como si fuera el ojo pétreo del edificio, destaca un enorme ROSETÓN de más de ocho metros de diámetro, cuyas columnillas irradian luz hacia el interior.

El exterior del templo no ha sufrido grandes modificaciones y conserva intacta la esencia del Císter: líneas puras, muros desnudos y poderosos contrafuertes que doblan la estructura, recordándonos que la belleza, para estos monjes, residía en la simplicidad y la solidez.

La IGLESIA comenzó a levantarse por el ábside semicircular, como mandaban los cánones constructivos de la época. Las obras avanzaron con sorprendente rapidez… salvo por los cuatro últimos tramos de las naves, que se hicieron de rogar y no se completaron hasta bien entrado el siglo XIII. En su origen, aquel templo lucía bóvedas sencillas y una techumbre de madera en la nave central, pero todo fue reemplazado en 1632 por las actuales bóvedas de lunetos, más robustas y acordes con el gusto del momento. En el siglo XVIII llegó otra transformación: una cornisa corrida sobre los capiteles y una magnífica reja de forja que separaba la clausura del espacio destinado a parroquia. Un detalle práctico… pero tremendamente artístico.





La CAPILLA MAYOR guarda hoy uno de los tesoros más llamativos del monasterio: un retablo barroco creado por Félix Malo en 1766, tan luminoso y teatral como solo el Barroco sabía ser. Los muros del presbiterio te sorprenderán con enormes frescos del siglo XVIII que narran escenas de la batalla de las Navas de Tolosa, un guiño épico al pasado medieval de Castilla. Y flanqueando la capilla, reposan silenciosos los sepulcros de los duques de Medinaceli, fechados en 1632, como nobles guardianes de la historia del lugar.

Pero quizá la pieza más fascinante —y con la historia más movida— sea la urna que guardó los restos del abad Martín de Finojosa y la del célebre obispo Rodrigo Jiménez de Rada, trasladada hoy al último tramo del lado de la epístola. Este sarcófago, obra de mediados del siglo XIII, está tallado en una arenisca ya muy castigada por el tiempo, pero aún permite distinguir la figura pontifical del yacente sobre la tapa. Descansa sobre tres peanas decoradas con leones y mide 220 cm de largo por 60 de ancho: una auténtica joya medieval. Su contenido, además, fue motivo de disputa entre los monjes de Huerta y los de Santa María de Fitero, que reclamaban el cuerpo del obispo para su abadía. Y para rematar la intriga, el sepulcro fue abierto en varias ocasiones a lo largo de los siglos… dejando tras de sí un reguero de misterio perfecto para alimentar cualquier leyenda monástica.

Madre Navarra, nutriz Castilla, su silla Toledo, su estudio París, la muerte en el Ródano, su sepultura en Huerta, el reposo en el cielo, su nombre Rodrigo.

Desde la nave izquierda de la iglesia se accede, a través de una puerta abierta en el siglo XII, al CLAUSTRO DE LOS CABALLEROS. El nombre no es casual: durante siglos fue el lugar elegido por familias nobles y personajes ilustres para su descanso eterno, convirtiéndolo en un pequeño santuario de linajes y memorias.

Este claustro, un espléndido ejemplo del gótico cisterciense del siglo XIII, desplegaba originalmente sus galerías hacia el patio interior mediante grandes arcos ojivales sostenidos por columnas esbeltas. Imaginarlo en su época de esplendor es fácil: un paseo silencioso, bañado por la luz que entraba desde el jardín central y el eco tenue de los pasos sobre la piedra. Con el paso del tiempo, parte de esos amplios vanos fueron cegados, robándole algo de su transparencia original. Aun así, algunos vanos han sido restaurados y permiten intuir la belleza serena que debió tener este espacio cuando los monjes paseaban sumergidos en su rutina de oración y contemplación. 

Ya en el muro lateral de la panda del Capítulo, junto a la mencionada puerta de los monjes que da acceso al templo, podemos apreciar un par de cámaras funerarias (hoy vacías) que guardan alguna policromía. El primer hueco, que en origen fue armariolum, sirvió como enterramiento a Pedro de Manrique, Señor de Molina y de su mujer doña Sancha, hija del rey de Navarra, bisnieta del gran Rui Diaz de Vivar, la que en primeras nupcias se dice caso con don Gastón, vizconde de Biarne, de quien no tuvo hijos, y en segundas con don Pedro Manrique quien murió el año 1202. Uno de los magnates castellanos más poderosos de su tiempo y «un segundo fundador» de este monasterio.

Una placa marmórea engastada en el muro acoge el epitafio: “Lux patriae clipeus populi gladiusque/ malorum sub petra petrus tegitur co/ mes inclitus ista. Obiit IIII idus I (Ja/ nuarii) Era MCCXL” (1202)).

El siguiente hueco, claramente encajado sobre un vano anterior, está formado por un arco excesivamente apuntado, que cobija un gran óculo y doble arquillo trilobulado sobre columnas y capiteles muy desgastados. En él fueron sepultados otros miembros de la Casa de Molina, patrocinadores importantes del monasterio.

Los tres huecos correspondientes a los vanos de la Sala Capitular, también se habilitaron como enterramientos cuando, a partir del s. XVI, dejó de ser utilizada. En uno, que muestra el escudo de la congregación cisterciense, quizás estuvieron depositados los restos de parientes de San Martín, concretamente los de Gil Garcés, Diego Muñoz y García Muñoz, caballeros de Fernando III, fallecidos en 1256.

En otro, que todavía conserva la inscripción, claro ejemplo de la pretenciosidad que, en ocasiones, demostraba la nobleza, descansaron los restos de don García de Bera (+1265), hijo de Pedro de Bera. Entre muros y arcos antiguos, la historia de estas familias sigue susurrando entre sombras y luz, recordándonos que cada piedra guarda secretos de poder, memoria y devoción.

Desde el claustro bajo de los Caballeros se asciende a la parte superior por una magnífica ESCALERA REAL construida en 1600, que desemboca en el claustro alto, obra renacentista que se empezó a construir en 1533 y se terminó en 1547. Las galerías de este claustro presentan arcos muy rebajados y balaustres y una ornamentación de medallones que dan nombre a cada una de ellas: Galería de Reyes (a partir de Enrique I); Galería de Apóstoles; Galería de Adalides (caudillos militares); Galería de Profetas. Desde el claustro alto se accede a la biblioteca del siglo XII. Es un amplio salón decorado al gusto del siglo XVII.

En la Panda norte se halla el REFECTORIO, la obra maestra del monasterio. Se empezó a construir en 1215 a expensas de Martín Nuño de Finojosa, sobrino del abad Finojosa. La estancia impresiona por su gran nave cubierta con bóvedas sexpartitas y por los elegantes ventanales de arco apuntado que inundan el espacio con luz natural, creando un ambiente sereno y casi solemne. Es uno de los primeros ejemplos y más perfectos del gótico primitivo que comienza a aparecer en España en CUENCA y SIGÜENZA (enlace a nuestras publicaciones) procedente de Francia.

Entre sus detalles más fascinantes destaca la escalera embutida en la pared, cubierta por una bóveda en rampa, que conduce a la tribuna o púlpito, desde donde un monje leía en voz alta textos piadosos mientras sus compañeros compartían la comida. Según algunos historiadores, es el ejemplar más bello y amplio de todos los conocidos en España y que puede muy bien competir con los más hermosos de la Europa monástica.

La entrada, con un frontón rematado por un hermoso rosetón y una puerta con arquivolta, recuerda la grandeza de la fachada principal de la iglesia, anunciando ya la magnificencia de su interior.

El refectorio se comunica directamente con una monumental COCINA, donde el protagonismo lo ocupa un inmenso hogar cuadrado, sostenido por cuatro arcos apuntados, un ejemplo fascinante de la arquitectura española de la época.


Un pequeño ventanuco conecta la cocina con el refectorio, y por él llegaban las viandas que alimentaban a los monjes, asegurando que cuerpo y espíritu se mantuvieran en equilibrio.

Imaginar este rincón en pleno funcionamiento es transportarse a un mundo donde la luz se filtra sobre la piedra, el humo se eleva suavemente y la rutina monástica se mezcla con la intimidad de la vida cotidiana.

Una de las piezas con mayor sabor románico del monasterio es, sin lugar a dudas, el REFECTORIO DE LOS CONVERSOS. En los monasterios cistercienses convivían dos comunidades, aunque separadas: la de los monjes y la de los conversos. Estos últimos eran el puente esencial entre la vida monástica y el mundo exterior: también vivían bajo votos y regla, pero en un escalón inferior al de los monjes, y separados tanto en el refectorio como en la iglesia.

Esta magnífica sala se encuentra justo a continuación de la cocina, separada de ella por un pequeño pasillo. Su interior resulta sobrecogedor: cinco columnas centrales, erguidas desde sólidas basas y rematadas con capiteles, sostienen las bóvedas de crucería que dividen el espacio en dos naves paralelas, cada una con seis cuadrados perfectamente definidos. La decoración de los capiteles es un ejemplo de elegante sencillez románica, jugando con contrastes de luz y sombra mediante pequeños surcos adornados con bolas, piñas o, en ocasiones, surcos adicionales. En la zona superior, la ornamentación se enriquece con taqueado jaqués, completando un espacio que combina austeridad, armonía y un refinamiento que solo el Císter sabía imprimir en piedra.

Continuamos la visita entrando en la CILLA, un espacio que se siente como un auténtico viaje al pasado, la despensa del tiempo. Entre sus cinco arcos de piedra del siglo XII y el viejo alfarje de madera —uno de los más antiguos que se conservan— aún parece resonar la vida silenciosa de los monjes cistercienses que guardaban aquí sus provisiones.


Aquí, en este gran almacén medieval, los conversos ordenaban y custodiaban los alimentos y provisiones que sostenían el día a día del monasterio, un engranaje silencioso sin el cual nada habría funcionado.

Desde aquí pasamos al CLAUSTRO DE LA HOSPEDERÍA, obra de elegante estilo herreriano, construida alrededor de 1582. Uno de sus laterales albergaba las estancias destinadas a los peregrinos que recorrían el Camino de Santiago, ofreciendo un remanso de descanso y recogimiento antes de continuar su viaje.

En el corazón del claustro, entre la sobriedad de la arquitectura herreriana, destacan las estatuas de Martín de Finojosa y Rodrigo Jiménez de Rada, guardianes pétreos de la historia y la memoria del monasterio, que nos recuerdan la profunda huella espiritual y humana que esta comunidad dejó a lo largo de los siglos.

Como dato curioso, este monasterio fue utilizado como campo de concentración de prisioneros republicanos por el régimen franquista durante el año 1939. En algunos momentos superó los dos mil internados, recibiendo en el mes de abril (tras el fin de la Guerra Civil) a 4649 hombres evacuados desde otros campos, lo que generó un hacinamiento extremo y condiciones higiénicas desesperantes. Las malas condiciones provocaron enfermedades e incluso una epidemia de sarna, hasta el punto de que el sacerdote del pueblo tuvo que quejarse a las autoridades porque muchos fieles dejaron de acudir al templo por miedo a contagiarse. Finalmente, el campo fue clausurado para proteger a la población.

Recientemente, una excavación arqueológica en el atrio, descubrió la planta de algunas viejas dependencias artesanales, dejando tras de sí otro testimonio silencioso de la historia del monasterio.

Mientras uno se aleja, queda la sensación de que, más allá de su majestuosidad arquitectónica, Huerta guarda secretos, memorias y silencios que esperan ser escuchados por quienes se detienen a observar con atención. Porque en este monasterio, cada piedra tiene una historia que contar, y cada historia es una invitación a viajar, aprender y maravillarse.

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TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://es.wikipedia.org/wiki/Monasterio_de_Santa_Mar%C3%ADa_de_Huerta

https://www.romanicodigital.com/sites/default/files/pdfs/files/soria_SANTA_MAR%C3%8DA_DE_HUERTA.pdf

https://www.arquivoltas.com/13-Soria/01-SantaMdeHuerta1.htm

https://www.arteguias.com/monasterio/huerta.htm  

https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2510206.pdf

https://www.caminodelcid.org/localidades/santa-maria-de-huerta-582322

https://www.turismocastillayleon.com/es/patrimonio-cultura/monasterio-santa-maria-huerta

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2 comentarios:

  1. Otro precioso reportaje que me ha gustado mucho. Besos.

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    1. Me encanta que te gustase Teresa y muchísimas gracias por seguirnos. Un fuerte abrazo!

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