Hay lugares que no solo se visitan, sino que
se sienten, y eso es exactamente lo que ocurre al llegar a Santa María la Real
de Nieva, en la provincia de Segovia. Su historia no comienza con planos ni
arquitectos, sino con una leyenda que, aún hoy, parece susurrarse entre sus
muros.
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Al fondo locutorio o sala de visitas dedicada hoy a sala de exposiciones
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Corría el año 1392 cuando, según la
tradición, un pastor llamado Pedro Amador cuidaba de su rebaño en un paraje de
pizarras. Fue entonces cuando, de forma inesperada, se le apareció la
Virgen. El mensaje era claro: debía acudir a Segovia
y pedir al obispo que buscara, entre aquellas piedras, una imagen escondida y
levantara allí un altar, y así ocurrió. La talla apareció enterrada bajo losas
del mineral y en ese mismo lugar se improvisó un sencillo altar que marcaría el
inicio de todo. La noticia del hallazgo llegó hasta la reina
Catalina de Lancaster, quien no dudó en impulsar la construcción de un
santuario digno de aquel milagro. Mientras tanto, la imagen fue depositada en
una pequeña ermita cercana. Lo que comenzó como un humilde espacio pronto se
transformaría en un importante centro religioso.

El primer templo, terminado hacia 1395, era
sencillo pero sólido: tres naves, muros de pizarra y barro, y un altar mayor
situado justo donde, según la tradición, apareció la Virgen. Pero el crecimiento del lugar fue rápido.
Apenas unos años después, el edificio se amplió, se reforzó con ladrillo y se
cubrió con bóvedas, dotándolo de mayor monumentalidad.
En 1399, el santuario pasó a manos de los
dominicos, una orden religiosa dedicada a la predicación y al estudio, que
vivía de la limosna y recorría los caminos difundiendo su mensaje. Este cambio
marcaría una nueva etapa. Con el apoyo de la monarquía, especialmente de la
propia Catalina
de Lancaster, y el rey Enrique
III de Castilla, el complejo siguió creciendo durante décadas, entregándolo
a fray Pedro de Sepúlveda, prior del convento
de Santa Cruz de Segovia y en 1415, el papa Benedicto XIII confirmó la
donación a estos monjes.
A partir de 1414, se
emprendió una gran ampliación: se construyó el crucero, la cabecera y nuevas
capillas laterales. También surgieron espacios vinculados a la realeza, como
estancias privadas y un oratorio. Más adelante, se
levantó el claustro y otras dependencias monásticas, que terminarían de dar
forma al conjunto tal y como lo conocemos hoy.
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| Exterior. Sala Capitular. |
Una placa moderna, ubicada en el claustro del
monasterio, en el muro de la antigua sala capitular, revela el lenguaje secreto
de sus constructores: las Marcas de Cantero, eran la firma personal de cada
cantero o taller, quienes en la Edad Media cobraban por pieza tallada y
colocada. Más que simples firmas, funcionan hoy como un
“GPS” histórico: al compararlas con las de otras iglesias y catedrales de
España, los expertos pueden rastrear los movimientos de los canteros, las
técnicas que difundían y el tiempo de construcción de cada parte del edificio.

La placa identifica el lugar e invita a los
visitantes a convertirse en “detectives”, buscando estas marcas en sus muros.


Desde el exterior se puede apreciar una sección del muro de la cabecera o del crucero, se caracterizada por un óculo gótico,
pequeño rosetón calado con tracería de piedra en forma de estrella de seis
puntas o hexafolio inscrito, típico del gótico tardío. También se observa claramente la combinación
de mampostería, piedra y, sobre todo, el uso del ladrillo, que es muy
característico de las reformas y construcciones en esta zona de la iglesia,
influenciada por la tradición mudéjar de la comarca. Esta parte del muro da
hacia la zona donde se encuentra el claustro y las dependencias monásticas.

También es, donde se encuentra la entrada por donde se accede a la
que es considerada una de las "joyas" del gótico segoviano debido a
la increíble variedad de escenas de la vida cotidiana medieval talladas en sus
capiteles, es el Claustro del Monasterio de
Santa María la Real de Nieva.
La Portada, es un arco apuntado sencillo de piedra, de estilo gótico, que contrasta con la riqueza escultórica que hay una vez que cruzas esa puerta y entras al claustro. Encima de la puerta y a la izquierda, puedes ver ventanales geminados con arcos trilobulados, estos pertenecen a las dependencias monásticas (posiblemente la antigua sala capitular o celdas) que rodean el claustro en su planta superior.

Asimismo, una pequeña figura se encuentra cerca de la entrada al claustro, colocada dentro de un pequeño vano o mechinal (un hueco dejado originalmente en el muro para los andamios durante la construcción) que ha sido aprovechado como una improvisada hornacina. Representa a la Virgen con el Niño, una réplica en pequeño formato que hace alusión a la advocación principal del templo, la Virgen de la Soterraña. Su colocación en un lugar tan sencillo y "rudo" del muro refuerza la historia del hallazgo de la imagen original, que según la leyenda fue encontrada "bajo tierra" (soterraña) en un lugar humilde por un pastor. Es un ejemplo perfecto de la devoción popular que rodea a este monasterio, donde incluso los huecos de los muros se convierten en pequeños altares. En ocasiones tiene flores u ofrendas.
Este claustro, como hemos dicho anteriormente, es una de las
grandes joyas de la escultura gótica castellana del siglo XV. Aunque fue
construido entre 1414 y 1432, adopta un estilo arcaizante que evoca los
claustros tardorrománicos de finales del siglo XII y comienzos del XIII.
Presenta una planta cuadrada con cuatro galerías que rodean un jardín central y un trazado ligeramente irregular.
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Antiguo lavatorio
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Sus columnas geminadas, capiteles monolíticos
y arcos suavemente apuntados refuerzan ese aire heredado del románico.

Sus cuatro galerías forman un cuadrado con un
patio con pozo en el centro, al que solo se puede acceder por un espacio entre
arcos que correspondía a la entrada del lavatorio de los
monjes, desaparecido, que estaba frente al refectorio.
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Salida al lavatorio |
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| Puerta del antiguo refectorio. |
Lo más sobresaliente del conjunto es su
extraordinario programa iconográfico, los 87 capiteles tallados con notable
naturalismo, funcionan como un auténtico “libro de piedra” que refleja la vida
en la Edad Media.

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Alegoría del reino de Castilla y León.
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A diferencia de otros claustros monásticos
centrados únicamente en lo religioso, aquí se despliega una rica variedad de
escenas tanto sagradas como profanas, organizadas en distintos temas que
representan los estamentos de la sociedad bajomedieval. Aflora el pueblo llano en sus tareas
cotidianas; labores agrícolas, oficios artesanos o momentos de ocio, simbolizados
como contorsionistas en la iconografía medieval, solían representar el vicio,
la lujuria o lo irracional, una advertencia visual contra los comportamientos
que alejan al hombre de la rectitud espiritual. Al estar fusionado con las
grandes hojas de parra, también puede simbolizar la embriaguez, que degrada al
hombre hasta niveles "animales" cuando se deja llevar por los
instintos.


La
nobleza en escenas caballerescas y guerreras, con torneos, cacerías y
episodios bélicos.
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| En este capitel se aprecia a un caballero dando caza a un oso. Escenas de la nobleza |
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| Centauro y salvaje peludo ebrio. |
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Justas y torneos. |
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Entre las actividades guerreras aparecen
representaciones de la derrota de las tropas musulmanas en la reconquista. |
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Ballestero rindiéndose ante un
caballero. |
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Momento de la caza del oso |
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Oso, ya pasado a mejor vida, cargado de bruces a lomos de un
burro. |
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| Trasporte del oso anterior. |
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| Varios dragones como metáfora del peligro del mal. |
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Hombre luchando contra un león con matiz
de psicomaquia |
Junto a representaciones de la vida monástica dominica en sus rutinas diarias.
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Llama la atención el capitel de la construcción de la propia
casa. |
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Nobles en misa. |
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Representación de una carnicería. |
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| Actividades monásticas. |
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| Frailes dominicos |
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| Aceptación del novicio |
Completan el programa imágenes religiosas, como la Anunciación, el Génesis, o la Huida a Egipto.
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| Anunciación. |
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El Padre advirtiendo a Adán y Eva del
engaño de Satanás. |
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Adán y Eva con la serpiente, tentadora
representando al demonio. |
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Huida a Egipto.
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Así como abundantes escudos heráldicos vinculados a sus fundadores.
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Ángeles en genuflexión
por la muerte del noble |
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| Escudo del rey Enrique y su esposa,Los monjes arrodillados indican que era un homenaje por su muerte. |
Y lo más representativo, un detallado “calendario agrícola” que ilustra
las actividades propias de cada mes, con escenas que personifican las
actividades rurales durante el ciclo anual. La actividad se inicia en marzo, encarnado
por una figura con una navaja de podar en la mano junto a un arbusto, que por
sus hojas y frutos hace referencia a la poda de la vid. Junto a esta representación
y en la misma cara del capitel, el tiempo alegre de la primavera representado
por un joven a caballo, bien vestido con un ramillete de flores en una mano y
con la otra sujeta las riendas del caballo, es el mes de abril.

El mes de mayo y junio, también en la misma
cara del capitel, nos presenta a un hombre a caballo llevando en su brazo
izquierdo un ave con las alas desplegadas, sin duda es una indicación a la
cetrería, o caza con aves rapaces. Al lado se dibuja la figura de un hombre
vestido con una saya recogida en la cintura, llevando en su mano una larga
guadaña con la que siega una espiga muy alta.

En julio y agosto divisamos a dos campesinos,
uno con un sombrero de ala ancha, está agachado y con su hoz siega el trigo y,
a su lado, el otro desgrana los cereales que, atados en gavillas, se amontonan
en el suelo.

Septiembre se nos muestra en una sola escena,
el campesino está arando con un arado de tipo romano tirado por un par de
bueyes de excelente factura. El hombre ha dejado su sombrero mostrándonos una
bien peinada cabeza y la túnica corta da la sensación de ser de tela gruesa
como clara alusión al incipiente frío que hace en los campos segovianos en este
mes.

Octubre también ocupa el sólo una cara de un
capitel. El labrador, con un odre al hombro y subido en un taburete está
echando el mosto en un tonel de madera, es el mes de la vendimia y de los vinos
nuevos.

En el mes de noviembre aparece una figura muy
deteriorada en pie, con los brazos levantados y llevando un mazo en sus manos,
que se dispone a descargar un fuerte golpe sobre la cabeza del animal. Por su parte diciembre está representado por
una gran mesa cubierta con un mantel a cuadros sobre el que están colocados
cubiertos y viandas y una figura masculina sentada detrás de ella.

En enero la escena se desarrolla en torno al
fuego que sirve para calentar el caldero que cuelga de un gancho en el hogar. A
ambos lados se sitúan dos figuras muy abrigadas, una de ellas sentada junto a
la lumbre y la otra, en pie, se dispone a asar un alimento insertado en un
largo espetón.

El calendario agrícola termina en febrero
que, hace alusión al oficio del zapatero, ante la paralización de las
labores agrícolas, se aprovecha el tiempo para otros menesteres artesanales
como elaboración de calzado.
Como curiosidad, este enclave ha servido de escenario para algunas de las series históricas más emblemáticas de la televisión española, como Isabel, Carlos I: El Emperador, Toledo o Águila Roja, y en tiempos más recientes para La Catedral del Mar.

Como ocurre con muchos lugares
históricos, su historia no ha estado exenta de dificultades. A lo largo de los
siglos, el monasterio sufrió reformas, saqueos, como el ocurrido durante la
Guerra de la Independencia, e incluso incendios devastadores. Uno de los más
duros, en 1900, destruyó el altar mayor y la imagen original de la Virgen, el 8
de junio de ese año.
De la iglesia, destaca su cabecera con tres ábsides, el
central es el Altar Mayor, de igual anchura que
la nave central y de planta poligonal con 5 caras, posee tres amplios
ventanales que permiten la iluminación interior. Su retablo barroco es del
siglo XVIII, está dividido en tres calles, ocupando la central la imagen de la
Soterraña y a cada lado tallas de San Pedro y San Pablo.

Separa el altar mayor de la nave del crucero
una gran reja de hierro forjado del siglo XVII, que se hizo según la tradición
con cadenas y grilletes que trajeron cautivos redimidos por intercesión de la
Soterraña.

Dentro de la Capilla Mayor puedes ver dos arcosolios apuntados; en el lado del evangelio el sepulcro de Pedro Amador Vázquez, descubridor de la imagen, y en el lado de la epístola se alberga el sarcófago, con una placa heráldica y una inscripción que identifica a Blanca Reina de Navarra, que vivió en OLITE
(enlace a nuestra publicación) y que falleció en esta villa en 1441, siendo enterrada aquí provisionalmente, pero la ubicación exacta de sus restos se olvidó con los siglos y fue durante unas obras de restauración en 1994 cinco siglos después, cuando se redescubrió esta sepultura en el muro de la capilla.

El 1 de abril de 1441 Blanca I murió en Santa María la Real de Nieva mientras estaba de paso en la localidad, con objeto de reunirse con el príncipe de Asturias Enrique, su padre Juan II de Castilla y Juan II de Aragón y concertar la boda de su hija, Blanca de Navarra con el futuro Enrique IV de Castilla. Pese a que su testamento pedía ser enterrada en Ujué (Navarra), sus sucesores no cumplieron y sus restos permanecieron olvidados en este templo segoviano.

El 28 de octubre de 1473, Enrique IV reunió las cortes de Castilla en el monasterio de Nuestra Señora de la Soterraña.

Como detalle curioso, a la derecha del arco
se observa otra cruz de consagración roja, similar a la que aparece
en los pilares cercanos al altar de la Virgen, así como varios exvotos.
A la izquierda del
altar mayor se encontraba la capilla dedicada a San Pedro, actualmente ocupada
por la sacristía.
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Vista desde la sacristía
hacia los pies |
En el ala norte, junto a la entrada principal, adosada al cuerpo principal a la iglesia, está la
capilla funeraria de Pero Sanz ahora conocida como del santísimo Cristo de las
llagas. Se accede por la puerta, que fue la principal de la iglesia primitiva. Su retablo es del siglo XVIII, y la imaginería hace referencia a la pasión de Jesús.

Además, muestra un
arcosolio gótico. En su origen, este tipo de nichos albergaban la figura
yacente del difunto esculpido en piedra. Sin embargo, lo que vemos hoy es una
urna o vitrina de madera y cristal que protege una imagen, probablemente un
Cristo Yacente o una reliquia, colocada allí en una época muy posterior al
diseño original. Las Pinturas Murales que rodean el arco, representan un trampantojo
simulando un dosel o cortinaje. Es muy común en los siglos XVI y XVII decorar los sepulcros
con estas "cortinas fingidas" para darles una dignidad casi teatral o
real, como si el nicho fuera un lecho de honor. Bajo el nicho se encuentra un
altar sencillo cubierto con un mantel blanco de encaje.
Pedro Sanz, fue un miembro destacado de la sociedad local, posiblemente un hidalgo o clérigo con recursos. En aquella época, el poder costearse una capilla privada y un sepulcro con pinturas decorativas dentro de un monasterio real como este, era un símbolo de estatus social y fervor religioso.

En la nave del lado
del evangelio hay una pintura mural aparecida en la restauración
del año 1997 de San Cristóbal con el niño Jesús a cuestas a su
derecha.

Continuando hacia
los pies, en el muro norte veremos un camarín barroco rodeando a la Virgen, para ensalzar a la imagen, obra actual de Aniceto Marinas, que guarda los restos de la primitiva
quemada en el incendio de 1900, integrando el despojo de la arcaica
imagen calcinada, en el interior de la nueva escultura. Un pequeño detalle
a la izquierda, la cruz roja de Consagración, indica que ese pilar fue ungido
con óleo sagrado cuando se consagró el templo.

Y
volvemos al frontal de la iglesia con la capilla de la Consolación. Su retablo
de estilo plateresco es considerado el mejor de la iglesia, data del
año 1540-41. Está dividido en seis cuadrantes con imágenes de nuestra señora de
la Consolación, el Cristo crucificado, san Roque, san Sebastián, santo Domingo de Guzmán y un san Jerónimo atribuido a Berruguete, está en el lado de la epístola.

Sobre el revoco de cal y arena de esta
capilla de la Consolación, integrado en unos falsos sillares delineados con
doble línea negra se haya un texto pintado cerca de la clave del arco formero
oriental, una cita que nos habla de su autoría, dice: lucas me feçit
En ala sur está el altar de San Antonio de Padua, con un retablo del siglo XVIII, a su lado el retablo barroco de nuestra Señora del Rosario, con una bella talla de la Virgen portando al niño pendiendo de su maño un rosario. En el lado opuesto Santo Tomás de Aquino y en la parte superior distintas escenas en relieves con los santos: santo Domingo de Guzmán, san Francisco de Asís y san Antonio de Padua. Sobre estos, el balcón de la reina, un mirador conectado con las estancias reales desde donde asistiría a misa la realeza, tras el uno de los dos órganos que tuvo el templo, aunque en la actualidad ninguno de los dos funcionan.

Un friso que se extiende por el lugar que
ocupo el antiguo coro monacal, en el que se representan estampas ejemplares que
deben observar los monjes y las conductas contrarias, dejando bien claro, y
sobre todo a los novicios el recto camino. El artesonado del techo es un ejemplo de la carpintería de armar
castellana del siglo XVI.
La iglesia conserva una pila bautismal
de origen románico. Es una pieza tallada en piedra que, según la tradición de
la época, solía ubicarse cerca de la entrada o en el lado del evangelio para
simbolizar el abandono del pecado al entrar al templo.
En el centro de la nave, el “Altar de la Red” era un
lugar cubierto de vegetación donde había una especie de entramado natural de
raíces y matorrales que ocultaba el sitio. De esa “red” vegetal proviene su
nombre. Cuando se encontró allí la imagen de la Virgen, se construyó un pequeño
altar en el mismo lugar para venerarla, adoptando ese nombre. Actualmente sigue señalando el punto exacto
donde comenzó esta historia.
Se
sale al exterior cruzando la puerta norte, la más hermosa.
Su tímpano está
rodeado por cinco arquivoltas, que desde el exterior al interior,
representan:
La resurrección de los muertos, con 34 figuras en
distintas posiciones junto a su lápida sepulcral.
Un conjunto de 16 figuras de Santas.
Un conjunto de 14 esculturas de Santos, entre ellos Santo Domingo;
Un grupo de doce arcángeles arrodillados
portando antorchas; Diez serafines con las alas cruzadas
custodiando al Cristo que está en el tímpano.

El dintel de la puerta esta compuesto de tres losas, faltando la central, que representaba el juicio final. La placa de la derecha presenta el infierno en
el que está entrando una persona por una enorme boca abierta en forma de pez y
en su interior hay figuras de personas ahorcadas.

La placa de la izquierda
representa el paraíso, en cuya puerta san Pedro recibe a una
persona.
Sujetan
estas placas dos ménsulas con figuras alegóricas; a la izquierda la
figura de un grifo, símbolo del mal, apresando con sus garras a una liebre,
símbolo del pecado.

Y a la derecha, la cabeza de un león, símbolo de bien,
que con sus garras protege el cuerpo de una mujer desnuda que se tapa con sus
manos, representando la concupiscencia.
Ocupando los
tres cuerpos de la portada, a un nivel más bajo, se representa la pasión
de Cristo con diecisiete escenas. En la parte izquierda, del exterior a
interior: un discípulo solicitando el cenáculo para la celebración la santa
cena, la última cena, el lavatorio de los discípulos.
La
oración en el huerto de los olivos, con Jesús arrodillado y tres discípulos
esperando, el beso de Judas, mientras Pedro corta la
oreja a Malco.
La presentación ante Caifás, con dos soldados, la negación de Pedro (que se ha perdido), entrega de Jesús a Poncio
Pilatos.
Parte
derecha, de interior a exterior: Cristo atado a la columna; Cristo
con la cruz a cuestas.
La crucifixión; Jesús en la cruz
entre los dos ladrones, a los pies san Juan y un grupo de mueres;
el descendimiento de Jesús, con Nicodemo en una escalera y a los
pies José de Arimatea y las tres Marías,
El entierro de
Jesús; la resurrección con las tres Marías ante la cueva; Jesús
con la cruz y frente a él una figura del Leviatán con la boca
abierta, símbolo del mal.
Sobre el friso se observa una
franja estrecha con sarmientos y racimos entrelazados con cabezas de perros.
Los primeros como se indica en el nuevo testamento: yo soy la vid y
vosotros los sarmientos, y los perros como alegoría de los dominicos,
los perros del señor. Por debajo del friso de la pasión hay una docena de
repisas con su correspondiente dosel que carece de imágenes, posiblemente
destinadas a los doce apóstoles.
En calles laterales, a la altura del tímpano, los escudos de Enrique III de Castilla a la izquierda
y la casa de Lancaster a la derecha, como
fundadores de la obra, y otras dos ménsulas con dosel a cada lado,
que tampoco tienen imágenes, y que bien hubieran podido ser Enrique III y Juan
II y sus respectivas esposas. Coronando la portada un escudo con un jarrón con
lirios símbolo de la Virgen María.


Es una
enorme puerta de arquivoltas apuntadas cuya parte superior presenta
el tímpano con la imagen de Cristo entronizado como parte central, a su
derecha e izquierda figuran dos personas, actualmente decapitadas, que bien podrían ser sus fundadores Enrique III y Catalina de Lancaster, acompañados cada uno de ángeles. Por encima el sol y la luna, representando el universo, y unos ángeles sobre nubes observando el conjunto.


El muro exterior de la cabecera, al norte, parte que da hacia la plaza, en oposición al lado del claustro.(sur) Se ve un gran arco de medio punto o ligeramente apuntado que está cegado (relleno de mampostería), lo cual indica que en el pasado pudo haber una apertura o que se diseñó para reforzar el muro. En el centro del muro aparece un pequeño óculo decorado con una tracería en forma de cuatrifolio (cuatro lóbulos), motivo clásico del gótico que permitía una iluminación tenue y puntual hacia las capillas laterales del lado norte.
Una de las gárgolas originales representa una figura antropomorfa (humana)
en una actitud muy expresiva y algo grotesca, algo típico del imaginario
gótico. La figura aparece en cuclillas, con las manos llevadas a la cabeza o
las orejas. En el lenguaje simbólico medieval, estas figuras solían representar
vicios humanos, el dolor o el tormento. Al estar en el exterior del templo,
simbolizan que el mal y la angustia quedan fuera del espacio sagrado. Como toda
gárgola, su misión principal es evacuar el agua de lluvia de las cubiertas,
lanzándola lejos de los muros para evitar humedades. Por eso tienen esa forma
alargada y sobresalen del edificio. Es un ejemplo fantástico de cómo los canteros
del siglo XV mezclaban la utilidad arquitectónica con la creatividad artística
y la enseñanza moral.

Hoy, visitar Santa María la Real de Nieva es adentrarse en más de seis siglos de historia, donde leyenda, arte y espiritualidad se entrelazan. Un lugar en el que cada piedra guarda memoria y cada rincón invita a escuchar lo que el tiempo aún tiene que contar.