La
historia de Alba de Tormes cambió para siempre el día en el que Juan II de Castilla se la ofreció, como recompensa por los
servicios prestados, a Gutierre Álvarez de Toledo Ayala, en aquel momento obispo de Palencia. Sería
en 1426 cuando figurase por primera
vez el término castillo de Alba en un documento firmado por Juan II de
Navarra.

Corría
el año 1429 y los Álvarez de Toledo llevaban más de trescientos años enredados
entre reyes, haciendo favores y ganando batallas para unos y para otros. Pero
el caso es que ese día los destinos de Alba y los Álvarez de Toledo quedaron
tan firmemente unidos que dieron lugar a la estirpe nobiliaria más importante
de la historia de España, la Casa de Alba, el linaje más trascendental de los siglos XV y XVI. Gutierre
llegó decidido a convertir la localidad en un centro de poder que fuera lo más
fuerte posible ante el que ejercían los reyes. Así que Alba comenzó entonces un
profundo periodo de renovación, que dio como resultado más visible la
transformación de su castillo en
una imponente fortaleza ubicada en lo más alto del lugar, donde fijará su
residencia.

La
enorme influencia lograda ya entonces por la Casa de Alba se acrecienta con el
nombramiento en 1439 de su sobrino, Fernando Álvarez de Toledo, como I Conde de Alba en compensación por los
servicios que este había prestado a la Corona. Pero será otro Fernando Álvarez
de Toledo, conocido como el Gran Duque de Alba por la enorme repercusión de sus hazañas
bélicas y actuaciones en favor de las artes y las letras, quien en el siglo XVI
convierta la localidad en un importante núcleo de vida cultural que atrajo en su
momento a notables pensadores, poetas o escritores en busca de mecenazgo o
protección.
Allí
se tejió buena parte de la vida literaria del Siglo de Oro Español. Un período de esplendor que vio nacer la
novela moderna, la picaresca, una poesía cumbre y un teatro renovado, marcado
por la transición del idealismo renacentista a la complejidad barroca,
explorando temas como el honor, la fe, la vida, la muerte y la condición
humana, con estilos que iban del conceptismo al culteranismo, consolidando el español
como lengua literaria universal.
Sus
sucesores realizaron obras de ampliación del Castillo, pero será el Gran Duque
de Alba, con quien se engalana con los mejores mármoles, pinturas y tapices; y
se pintarán los magníficos frescos con las pinturas
murales de la Batalla de Mühlberg.

Del
Castillo de los Duques de Alba hoy día se conserva la Torre del
Homenaje de las seis torres que llegó a tener.

En
el exterior se encuentran las ruinas correspondientes a las excavaciones
arqueológicas iniciadas en 1991 que han ido descubriendo el esplendor que tuvo.


Pero todo este esplendor se viene
abajo cuando sufre los avatares de la Guerra de la Independencia. En 1809 las
tropas napoleónicas toman el Castillo hasta su retirada en 1812 que lo
destruyen. En ese momento interviene Julián Sánchez el Charro que, temiendo un nuevo ataque de los
franceses, como estrategia de defensa para evitar un posible atrincheramiento,
incendia el Castillo quedando en desuso e iniciándose un lento proceso de
ruina.

En sus estancias se alojaron celebridades como Juan
del Encina, Lope
de Vega, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega o Fernando el Católico.
En la campaña de 1492-1500 en Granada, acompañaba al II Duque, de nombre Fadrique, el
poeta y músico Juan del Enzina,
protegido de su hermano don Gutierre. Antes de partir hacia el sur se
representa en el Castillo de Alba “Villancico de la Toma de Granada”.
En 1591 llega a la Villa Lope
de Vega como secretario del V Duque Antonio
Álvarez de Toledo y Beaumont
a causa de su destierro de la corte. En 1593 nace su hija Antonia y en 1594
Teodora, falleciendo en el mismo año su esposa Isabel de Urbina.
Según la información recuperada de la
correspondencia entre el Gran Duque y Diego
López Pacheco, duque de Escalona; se sabe que ambos nobles sopesaban el paso
de Lázaro de Tormes por tierras albenses en su camino hacia Toledo.
Fernando solicitó al autor que disuelva la
discusión. Según expone fray José de Sigüenza en su libro Historia de la orden
de San Jerónimo (1605), el autor del Lazarillo de Tormes fue fray Juan
de Ortega, quien fue monje en el monasterio de
los Jerónimos de Alba de Tormes, ya que se contaba que cuando era estudiante le
encontraron un borrador de la obra escrita a mano por él mismo. De los
supuestos autores del Lazarillo de Tormes parece el más
probable.
En el año 1614, durante las fiestas de
beatificación de Teresa de Jesús, los duques de Alba abrieron las puertas de
su palacio a los religiosos carmelitas, que aún no tenían convento en Alba. Durante
esas celebraciones se otorgó un premio literario a un joven, Miguel de
Cervantes Saavedra por
su Canción a los éxtasis de la Beata María Teresa de Jesús.
Desde 1646 hasta 1649, reside en Alba
de Tormes Pedro Calderón de la Barca. Su marcha de Madrid es consecuencia del
cierre de los teatros tras las muertes de la reina Isabel
y el príncipe Baltasar Carlos por lo que llega a la Villa para ponerse al
servicio del VI Duque Fernando
Álvarez de Toledo y Mendoza, como
secretario. Durante este período escribió obras como El secreto a voces, Guárdate
del agua mansa, La segunda esposa o la considerada
primera zarzuela: El jardín de Falerina.

La entrada
principal permite el acceso a la planta baja, sala que antiguamente fue el Salón de Armería y era utilizada por los duques
para guardar sus armas y los trofeos que ganaban.
Hoy, mediante paneles informativos que recorren toda la estancia, se puede conocer la historia del Castillo y el contenido del Museo en el que se ha convertido, y donde se muestran, entre otras piezas, hallazgos encontrados en las excavaciones realizadas en las ruinas del Castillo.
Así, en esta sala se expone una colección de objetos como metales, azulejos, cerámica,
cartas, o un medallón renacentista de mármol de Carrara, perteneciente a la galería y esculpido a
dos caras. Por un lado un soldado, que recuerda a la imagen de Escipión el Africano, héroe de Cartago,
como paralelismo al gran duque de alba...

... y por la otra cara un emperador romano.
La lápida sepulcral del enterramiento
original del III Duque de Alba, perteneciente al monasterio de San Leonardo,
antes de ser trasladado a la iglesia de San Esteban de Salamanca en 1619.
Donde para dignificar la figura histórica del Gran Duque, la Casa de Alba y la
Diputación de Salamanca encargaron al célebre arquitecto Fernando Chueca Goitia, en 1983, el diseño del mausoleo monumental en piedra y mármol que alberga sus restos en
la actualidad.
Restos de la balaustrada de la galería alta, del patio cuadrado porticado.
Partes del suelo de la Torre
Dorada de estilo mudéjar, siglo XVI.
Vitrina donde se expone objetos
de metal, como la llamada “blanca”, una moneda de escaso valor
acuñada durante el reinado de Enrique IV. Su poca valía dio origen a la
expresión “estar sin blanca”, usada para indicar que alguien no tiene posibles.
U otras de gran antigüedad, junto a botones de
soldados que permanecieron acantonados en el castillo, hebillas, balas, piedras
de chispa, etc.
Pequeña muestra
de los distintos tipos de azulejos encontrados. Realizados en dos técnicas:
barro pintado y vidriado. Siglos XV - XVI.
Fragmentos de pintura al fresco de la Torre Dorada.
Cerámicas del siglo XIX recogidas en el proceso de
excavación arqueológica.
Columnas de mármol pertenecientes a la balaustrada de la Galería de la Crujía Sur.
En la primera planta, observamos un conjunto de pinturas históricas al
fresco renacentistas. Fueron descubiertas gracias a Patrocinio Gómez Barrado,
guardián de la Torre al servicio de la Casa de Alba en los años 50 (siendo
posteriormente su hija Dª Josefa Gómez Hernández, la encargada de su cuidado,
convirtiéndose en la última guardesa del Torreón antes de su cesión al
Ayuntamiento de la Villa), ya que estaban ocultas debido al encalado de los
años anteriores. En su tiempo, esta
sala era utilizada para realizar obras de teatro y en ella fue representada la
primera obra de Juan del Enzina, Villancico de la toma de Granada.
Conocida como sala de los frescos, en las paredes de esta sala
se pueden ver representadas tres escenas de la batalla de Mühlberg, una
de las tantas victorias del III duque de Alba, durante el reinado de Carlos I de
España. Fueron
pintadas entre 1567 y 1571 por Cristóbal Passin o Passini y su hermano Juan
Bautista.

La primera escena: paso del río Elba.
Segunda escena: la lucha entre las tropas del Duque
de Alba y los protestantes.
La tercera escena, es la entrega a Carlos V del Duque de
Sajonia. Juan Federico de Sajonia es vencido y, con la mano en el pecho y
la cabeza descubierta como signo de humillación, es entregado a Carlos V por el
Gran Duque de Alba. En el fondo se ve el castillo de Torgau y, finalmente, la ciudad de Wittenberg, donde el duque de Sajonia intentaba encontrar refugio. La obra está sin finalizar, pues los hermanos Passini perecieron mientras se realizaban las pinturas, y así inacabada se dejó tras la restauración.
En la bóveda se aprecian los frescos restaurados por D. Joaquín Ballester Espí,
experto del Museo del Prado con imágenes alegóricas representando la Victoria y
la Fama junto a Marte, que está forjando la armadura del Gran Duque.

También se expone aquí el busto del III
Duque de Alba, atribuido al escultor Pompeyo Leoni, hallado entre los escombros
durante las excavaciones realizadas en torno a la torre en el año 1991. El
duque aparece representado con armadura y portando el Toisón de Oro, y los
arqueólogos consideran que la obra fue esculpida en el siglo XVI.
Frente a esta estancia se encuentra otra parecida que alberga una réplica del busto, donada por la Duquesa de Alba. Y tras la escultura, se abre una ventana
con vidriera decorada con un escudo heráldico en tonos rojos, dorados y azules.
Tanto las paredes como el techo, decorado con patrones geométricos y un escudo pintado en su centro, conservan frescos antiguos con motivos
ornamentales y escenas figurativas, visiblemente marcados por el paso del
tiempo,
Asimismo, en este espacio pueden observarse
las tallas de bronce de Carlos I y Felipe II.
En 1960, por iniciativa de D. Luis Martínez de Irujo XVIII Duque consorte de Alba, comienza la restauración de la Torre y las pinturas de la sala de la Armería, principalmente las de la Bóveda.
Alrededor de la escalera se exhiben réplicas de importantes documentos de la
Casa Ducal.

En la segunda planta se haya la exposición
"Castillos y murallas en el occidente de Castilla y León" que nos
ofrece cumplida información sobre los castillos de la comunidad autónoma, articulada
en la idea de los castillos y su relación con las fronteras físicas o
perceptivas a lo largo de la historia. Así como maquetas de las batallas libradas por los
franceses con las distintas fases de la destrucción del castillo.
Dispone de una pasarela que permite visitar la sala desde su parte más alta y
acceder por ella directamente al mirador exterior de la Torre, situado en la tercera planta, lo que ofrece unas vistas panorámicas de las
ruinas del castillo, de la villa y de la ribera del río Tormes.
