CONVENTO DE SAN MARCOS, LEÓN

El convento de San Marcos se alza como uno de los grandes poemas de piedra del Renacimiento español, una joya que brilla con luz propia en el corazón de la ciudad, dialogando de tú a tú con la CATEDRAL, la BASÍLICA DE SAN ISIDORO (enlaces a nuestras publicaciones) y la inconfundible Casa Botines. Hoy, sus muros centenarios acogen un parador de turismo, una iglesia viva y un anexo monumental del Museo de León, donde el pasado no duerme: respira.

Pero su historia comienza mucho antes, en el lejano siglo XII, cuando la ciudad aún soñaba despacio. En julio de 1152, bajo el reinado de Alfonso VII de León, su hermana, la infanta Sancha Raimúndez, sembró en las afueras de la urbe, junto al murmullo del río Bernesga, una donación humilde y generosa. De ella nació un templo-hospital destinado a cobijar a “los pobres de Cristo”, un refugio de piedra y misericordia para los peregrinos cansados que avanzaban hacia SANTIAGO con la fe como brújula y el polvo del camino en los pies.

Hoy, frente a la majestuosa fachada, se alza un moderno CRUCEIRO, (elemento típico de Galicia), sobre cuyas escalinatas descansa un anciano peregrino, descalzo y sereno, con las sandalias a un lado y el alma llena de kilómetros. Observa San Marcos como quien mira un puerto seguro tras la tormenta. Es un instante suspendido en el tiempo: la pausa necesaria, el aliento recuperado, el abrazo silencioso de la ciudad al caminante. Porque aquí, desde hace siglos, siempre ha habido un lugar para detenerse, descansar… y continuar.




Asimismo, San Marcos fue mucho más que piedra y refugio: se convirtió en el corazón palpitante del reino de León para la Orden de Santiago. En 1176 se eligió aquí al primer prior, y pocos años después, en 1184, la iglesia acogió el descanso eterno de Pedro Fernández de Castro, primer maestre  de la Orden. Ya en el siglo XVI, el antiguo edificio medieval, cansado y herido, amenazaba ruina. Fue entonces cuando se derribó y se realizó una nueva obra. Gracias a una donación de Fernando el Católico en 1514, San Marcos renació con nuevos bríos. Para tan ambiciosa empresa fueron llamados maestros de talento singular: Juan de Orozco dio forma a la iglesia; Martín de Villarreal esculpió la imponente fachada; y Juan de Badajoz el Mozo trazó el claustro y la sacristía, donde el silencio aún parece rezar. Sin embargo, el proyecto fue paciente. No sería hasta bien avanzado el reinado de Carlos I cuando la nueva construcción comenzó a alzarse, piedra a piedra, como una promesa lenta pero firme.

Su FACHADA es una auténtica perla del plateresco, un bordado en piedra donde el arte se detuvo a lucirse. Fue esculpida en dos tiempos, como una obra que se toma su respiro: la parte oriental vio la luz en la primera mitad del siglo XVI, mientras que el flanco que mira al río no se completó hasta comienzos del XVIII. El primer cuerpo se abre con ventanas de medio punto escoltadas por esbeltas pilastras platerescas; el segundo se asoma al mundo con balcones y columnas que sostienen delicadas balaustradas, como si el edificio quisiera contemplar el paisaje con elegancia contenida. Todo el conjunto aparece tapizado de arquitecturas retóricas, relieves clasicistas y un discurso visual que se lee con los ojos y se siente con el alma. Entre estos detalles brillan esculturas de extraordinaria calidad, nacidas del cincel magistral de Juan de Juni y de otros maestros, que lograron dotar a la piedra de vida, gesto y emoción.

En el zócalo, la piedra se convierte en crónica y galería de héroes. Allí desfilan, en forma de medallones, figuras que parecen conversar entre siglos y civilizaciones: mitos grecolatinos como HérculesPríamoHéctorAlejandro Magno,o Aníbal; grandes nombres de Roma como Julio CésarTrajano; y personajes cargados de simbolismo como Judith o Lucrecia. Junto a ellos, la Historia de España toma cuerpo con la presencia solemne de Isabel la CatólicaCarlomagnoBernardo del Carpioel CidFernando el CatólicoCarlos I y Felipe II. Todos quedan atrapados en la piedra, como si custodiaran el edificio y velaran por su memoria eterna. Sobre este poderoso basamento, el sobrezócalo aligera el discurso con un susurro celestial: cabezas de ángeles emergen entre la ornamentación, trazando un puente entre lo humano y lo divino, entre la gloria de la historia y la promesa de lo eterno.

La torre palaciega, erigida entre 1711 y 1714, se alza con la elegancia serena de quien sabe que vigila el tiempo. En su silueta se leen símbolos cargados de orgullo y memoria: la cruz de Santiago, emblema de fe y camino, y el León, guardián heráldico del reino, firme y vigilante.


La PORTADA y entrada principal se despliega en dos cuerpos rematados por peineta, nacidos del refinado lenguaje plateresco y enriquecidos, ya en el siglo XVIII, con guiños barrocos que aportan movimiento y teatralidad. Es una entrada que no solo conduce al interior del edificio, sino también al corazón de su historia. En el primer cuerpo se abre un gran arco de medio punto, decorado con una delicada roseta y un intradós finamente labrado, como si la piedra hubiese aprendido a bordar.

En la clave, de carácter exaltado, aparece San Marcos, presidiendo el acceso. A ambos lados, medallones con inscripciones bíblicas susurran mensajes eternos, mientras un impresionante altorrelieve muestra a Santiago triunfante en la batalla de Clavijo, cabalgando entre mito y fe, espada en alto y gloria en la mirada.

Sobre este conjunto se dispone un vano de gusto barroco, donde lucen el escudo de armas de Santiago y los del Reino de León, afirmando identidad y poder.

La peineta culmina la composición con el escudo de armas reales y una elegante estatua de la Fama, que alza su voz muda para proclamar la grandeza del lugar. Coronando la portada, un óculo en forma de rosetón se abre como un ojo de luz, poniendo el broche final a un acceso monumental.

La IGLESIA, adosada con sobria elegancia al lateral de la gran fachada plateresca, se erige como un testimonio fiel del estilo Reyes Católicos, último suspiro del gótico hispano.

Su PORTADA se presenta escoltada por dos torres inacabadas, como centinelas eternos que quedaron a medio gesto, custodiando en silencio el acceso al templo. Entre ambas se abre una imponente bóveda de crucería, invitando a cruzar el umbral con recogimiento. En este diálogo de piedra destacan dos hornacinas, una en cada torre, concebidas como pequeños altares tallados en el muro.

En ellas la piedra alcanza emoción y profundidad, dando cobijo a dos relieves de extraordinaria belleza. En una, el Calvario, donde la Cruz se eleva como eje del dolor y la redención. En la otra, el Descendimiento, obra magistral de de Juan de Juni, el drama se vuelve íntimo. En una de ellas, la piedra también habla con voz propia y deja constancia del tiempo y del autor: la fecha de conclusión de la iglesia, 3 de junio de 1541, y la orgullosa firma del maestro constructor, «Orozco me fecit».

El conjunto fue concebido para coronarse con un grandioso frontón triangular, pero el proyecto quedó inacabado. En su lugar se alza un modesto frontispicio triangular, que aun así transmite poder y solemnidad: en él, el águila bicéfala de Carlos I se muestra imponente, flanqueada por las columnas de Hércules, portadoras del lema Plus Ultra, y acompañada por dos maceros, guardianes silenciosos de la exaltación imperial. Así mismo, por toda la iglesia resuenan signos santiaguistas, como un susurro constante que recuerda la presencia y el legado de la Orden de Santiago.

El interior de la iglesia se despliega como un esbelto cajón de luz y solemnidad, donde las capillas se esconden entre los contrafuertes y el crucero queda separado por una delicada rejería que marca el límite entre lo sagrado y lo contemplativo.

La planta de cruz latina organiza el espacio con armonía, conduciendo la mirada hacia la amplia nave, cubierta por hermosas bóvedas de crucería estrelladas que parecen extender el cielo sobre los fieles.

En el RETABLO MAYOR brillan obras que capturan el espíritu barroco y devocional del siglo XVIII: Apostolado y la Anunciación.

Las capillas, llamadas “hornacinas”, se conectan entre sí mediante estrechos vanos de paso, creando un recorrido íntimo y casi secreto, paralelo a la gran nave central. Esta disposición permite una circulación independiente, como si cada capilla tuviera su propio susurro y ritmo, anticipando soluciones que se consolidarán más tarde, durante el Barroco.


El primer tramo de la nave se organiza en vertical con elegancia, incorporando una tribuna que se accede desde la planta alta del claustro a través de una puerta gótica. Este espacio alberga una sillería espectacular, ejecutada entre 1537 y 1543 por los maestros Juan de Juni, Guillermo Doncel y Juan de Angés, cuya maestría fue tan influyente que inspiró posteriormente el coro de la CATEDRAL DE OURENSE (enlace a nuestra publicación).

La tribuna se eleva sobre una bóveda de crucería, un prodigio técnico y visual que constituye, sin duda, el elemento más destacado de todo el edificio. Su complejidad arquitectónica se combina con la proximidad al espectador, que puede admirar cada detalle de la obra como si la tuviera al alcance de la mano.

El transepto del Evangelio se abren tres portadas, pero sobresale especialmente la portada-retablo plateresca que se organiza con un arco de medio punto sostenido por columnas que soportan un friso, sobre el cual se eleva un segundo cuerpo donde se abren tres hornacinas aveneradas: en la central, una Virgen con el Niño, flanqueada por Santiago a un lado y un obispo al otro, creando un grupo de figuras que conjuga santidad y solemnidad. Por encima hay un vano de arco escarzano que abre a la galería alta del claustro rematado por un frontón triangular.

 

En su interior, el claustro renacentista, con resabios de estructura tardogótica, organiza un vasto conjunto del que pueden visitarse tres salas. Dos de éstas forman el espacio más atractivo y genuino del edificio, la ANTIGUA SACRISTÍA, auténtica exhibición de ornato escultórico, obra maestra de Juan de Badajoz "el mozo", su artífice en 1549, como puede leerse en su autorretrato sobre la entrada de la estancia: PERFECTVM HOC OPUS DOMINO BERNARDINO, PRIORE, A GIOANE BADAJOZ, ARTIFICE, 1549” (Se terminó esta obra para el Señor siendo prior Bernardino, por Juan de Badajoz, artífice).

Se compone de dos salas rectangulares, la sacristía en sí y una postsacristía o Sala del Tesoro. La decoración de la sacristía, con un ciclo iconográfico relacionado con el Templo de Salomón, es más exuberante que la de la postsacristía, desplegándose con riqueza por bóvedas, ménsulas y los nichos que recorren las paredes, hasta culminar en un retablo de piedra en el testero norte.

Tampoco pasa desapercibido el gran óculo que se abre en el testero sur, conectando la sacristía con la escalera del claustro.

Las paredes laterales de la sacristía se articulan con tres nichos por cada lado, cuidadosamente diseñados y los tímpanos de estos albergan tondos con figuras emblemáticas: del Antiguo Testamento, Moisés, Melquisedec y Samuel, y del Nuevo, San Pedro, San Marcos y Santiago.

El altar se despliega como un conjunto cuidadosamente orquestado, comenzando con un cuerpo bajo que presenta un arco de medio punto sostenido por pilastras. Sobre ellas, medallones con los bustos de San Pedro, San Juan y diversos profetas miran solemnemente al espectador, mientras el tímpano se enriquece con una decoración escultórica que representa al Salvador, centro espiritual y visual de la composición. Esta flanqueado por dos columnas abalaustradas, que elevan la mirada hacia un ático donde se representa a Santiago Matamoros, símbolo de fuerza y protección. Todo el conjunto culmina con un óculo que se abre hacia la Sala del Tesoro, estableciendo un diálogo luminoso entre las estancias y cerrando la composición con un gesto de elegancia y continuidad.

Frente al altar se ubica la figura orante de don Juan Quiñones de Guzmán, obispo de Calahorra y la Calzada, canciller de la UNIVERSIDAD DE SALAMANCA (enlace a nuestra publicación) y comitente del famoso Palacio leonés de los Guzmanes, una de las piezas museológicas más destacadas de este ámbito.

Lo que hoy se conserva, procedente del convento de Santo Domingo de León, es apenas una fracción de lo que fue un monumento funerario monumental: la figura orante, el basamento frontal y el tímpano de uno de sus arcosolios. Originalmente, este conjunto adornaba el muro del testero del crucero del Evangelio de la iglesia del convento, formado por una estructura arquitectónica más amplia, con esculturas, escudos de armas y una riqueza ornamental que mostraba la grandeza del comitente. Todo ello fue obra de Jerónimo de Nogueras, realizada alrededor de 1572, y constituye un testimonio del esplendor funerario y artístico leonés.

La postsacristía, utilizada por la Orden como SALA DEL TESORO y biblioteca, es un espacio también rectangular con grandes ventanales de medio punto ajimezados y cubiertas de bóvedas de crucería, pero esta, en estrella.

Ambas salas se dedican hoy día a ofrecer al visitante un perfil sobre la historia e interpretación de este monumento -De lo que fue San Marcos-, así como una selección de los bienes que poseyó en su día -Delo que tuvo San Marcos-, entre los que se cuentan dos series pictóricas de tipo iconográfico: la de retratos de Caballeros de la Orden de Santiago y la de escenas del Génesis.




Desde los pies de la nave, accederemos a dos salas de la panda sur del claustro. La primera se conoce como SALA DEL CLAUSTRO. Es un ámbito rectangular de tres tramos con cubiertas de combados y tres grandes ventanales de medio punto abiertos a la fachada del convento.


Expone algunos sarcófagos y también explica, mediante paneles y fotografías antiguas, los distintos usos del edificio tras las desamortizaciones del siglo XIX, ya en manos del Estado (cuartel, cárcel, hospital, Parador, etc.). Fue entonces cuando empezó la relación de San Marcos con el Museo de León, pues esta fue su sede desde su apertura pública en 1869 hasta la inauguración de su nueva sede (en el edificio "Pallarés") en 2006. Desde entonces sus antiguas salas son anexo monumental del Museo.

La que fuera antigua SALA CAPITULAR, hoy integrada en el Parador, se abre como una estancia rectangular cargada de belleza y memoria. Su fama descansa, merecidamente, en el magnífico artesonado mudéjar del siglo XVI que la cubre, una obra donde la madera se convierte en arte y el techo en firmamento. Se trata de un alfarje de madera de alerce, ricamente trabajado con casetones, piñas, florones, y friso de querubines.

Pero este lugar también exige ser mirado desde su lado más oscuro. Aquí también es donde se explica que San Marcos fue campo de concentración del bando nacionalista durante la Guerra Civil y la postguerra. Siendo uno de los establecimientos represivos más severos y saturados de la España franquista, alcanzando una población reclusa de 6700 hombres. Nombrar esta realidad no empaña la grandeza artística del edificio: la completa. Porque la historia no es solo belleza y esplendor, también es dolor y silencio.

Así concluye nuestro recorrido por San Marcos, un lugar que no es solo un monumento: es camino, refugio, poder, fe y belleza. Un espacio donde el peregrino descansa, el viajero se asombra y la historia sigue latiendo. Que estas palabras sirvan como una última mirada antes de marcharnos… sabiendo que, como ocurre con los lugares verdaderamente grandes, siempre habrá un motivo para volver… y aquí, sin duda, nos han quedado muchos.

TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://museoscastillayleon.jcyl.es/web/es/museoleon/museo/monumento-marcos-leon.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Convento_de_San_Marcos_(Le%C3%B3n)

https://algorriarquitecturadeleon.com/proyecto/iglesia-de-san-marcos

https://viajarconelarte.blogspot.com/2015/12/la-sacristia-la-fachada-y-el-claustro.html

https://viajarconelarte.blogspot.com/2015/09/la-historia-y-la-iglesia-del-convento.html

https://https.monumentalnet.org/monumento.php?r=LE-089000200-LEO-MTO-PER&seo=monumento-al-peregrino-leon-castilla-y-leon

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