En esta publicación sacamos el mapa de los recuerdos y nos adentramos en el corazón de la Tierra de Campos zamorana. Nuestro destino: Villalpando, una villa donde la piedra guarda susurros de condestables, el ladrillo mudéjar cuenta historias de iglesias que el tiempo convirtió en ruinas y la brisa castellana huele a memoria y sosiego.
Nuestro recorrido comenzó frente al Arco de Santiago, flanqueado
por una torre que perteneció a la Parroquia de Santiago.
Allí, un panel informativo nos detuvo para recordarnos que nos encontrábamos ante una de las cuatro puertas históricas que custodiaban y cerraban el antiguo recinto amurallado de la villa y que fue reconstruida allá por el siglo XVI.
Tras empaparnos de su historia, traspasamos el umbral para retratar la
otra cara de esta sobria y elegante puerta de origen románico. Es como una boca
de piedra que traga el presente para devolverte de golpe al medievo.
A solo unos pasos, la silueta exterior de la Iglesia de San Pedro
captó nuestra atención. Fundado en el último cuarto del siglo XII, este templo
románico es un superviviente nato. Aunque el tiempo y el abandono castigaron su
estructura durante años, sus muros de piedra resisten con orgullo el embate de
los siglos, dejando que la luz filtre por sus saeteras como una mirada al
pasado.
Una de ellas nos regaló uno de los detalles más fotogénicos del templo: la
estrecha aspillera custodiada por tres escudos esculpidos en la roca.
Continuamos nuestro paseo dejándonos llevar por el trazado serpenteante
de sus calles, topándonos con el edificio que hoy alberga la Posada Real Los
Condestables, trasladándonos
sin querer, a la época en que la nobleza castellana marcaba el ritmo de la vida
local. Pero recordándonos que los arcos y vigas de madera de este refugio de viajeros, pertenecían a una
antigua panera fechada en el siglo XIX.
Y así, nos plantamos ante la espectacular Puerta
de la Villa o de San Andrés. Sin duda alguna, la joya defensiva más
monumental de Villalpando, que debe su segundo nombre a la antigua parroquia
que se hallaba adosada a la muralla.. La parte interior conserva elementos del
siglo XII.
Mientras, su espectacular fachada exterior, con sus imponentes cubos circulares flanqueando el arco y sus elegantes
almenas, recuerda inevitablemente a la majestuosa Puerta de la Bisagra de
Toledo. F
Allí desenfundamos las cámaras dispuestos a inmortalizar sus grandes torreones, los escudos de la Villa y de los Velasco, el cordón franciscano y todos los pequeños adornos que cubren la fachada.
Y, curiosamente, aquel día no éramos los únicos interesados en ella. Allí mismo estaban grabando un programa en el que hablaban precisamente de esta maravilla. Mientras delante de las cámaras profesionales contaban la historia, nosotros nos dedicamos a fotografiar cada pequeño detalle de esta obra de arte esculpida en piedra.
Nuestra siguiente parada nos llevó ante las evocadoras ruinas del Castillo
de los Velasco, antiguo alcázar que sirvió de residencia a los poderosos Condestables de Castilla (los Velasco, duques de Frías y señores de la villa entre finales del
siglo XIV y principios del XVIII). Testigo de tiempos bastante más antiguos y movidos, sufrió importantes daños durante la Guerra de las Comunidades en 1521, cuando el palacio fue incendiado por
los comuneros. Hoy quedan pocos restos, pero incluso las ruinas tienen esa
capacidad de hacernos imaginar lo que ya no existe.
Justo enfrente de la fortaleza nos encontramos con otro conjunto de
ruinas nostálgicas e hipnóticas adosadas a construcciones modernas. Se trata de
la Iglesia de San Miguel Arcángel. Levantada en el siglo XII sobre los cimientos de
un templo visigodo anterior, era la parroquia donde acudían precisamente los
Condestables a celebrar sus oficios. y también lo hicieron los hijos de Francisco I de
Francia durante su cautiverio en Villalpando. Recordándonos, que durante
siglos tuvo una vida mucho más intensa de la que sugieren sus ruinas actuales.
Y por ello, quizá lo más triste sea comprobar
cómo la vegetación comienza a ganar terreno allí donde durante siglos resonaron
voces, campanas y oraciones.
El fluir de nuestro paseo nos condujo directamente al corazón latente de la Villa: su amplia Plaza Mayor. Una clásica plaza castellana porticada
donde viejas columnas de piedra sostienen soportales centenarios, coronadas en
varios de sus capiteles por escudos nobiliarios esculpidos.
Al centro, el Ayuntamiento (ubicado en lo que fue la iglesia mudéjar de
Santa María del Templo) jugaba al escondite con nuestra cámara. Su fachada
lucía semioculta tras una estructura de graderío temporal que, por las fotos
taurinas que pendían de la balconada consistorial, delataba la inminencia de
sus famosas Fiestas de San Roque.
Aun con el entramado de fiesta interceptando la vista, la plaza no perdió un ápice de encanto, dejándonos admirar la armonía y hermosura de todas las fachadas que la abrazan. Un espacio que antaño estuvo integrado en un recinto de carácter defensivo en el que se situaban el castillo y la mencionada iglesia, vinculados a los caballeros templarios.
En un abrir y cerrar de ojos, tras un quiebro de la calle, se nos apareció el precioso triple ábside de la Iglesia de Santa María la Antigua. ¡Una auténtica maravilla del románico-mudéjar!
Este templo del siglo XIII es una de las parroquias más ancestrales e importantes de la historia villalpandina. Las fotografías del panel informativo y de la zona conservada atestiguan su planta basilical y el virtuosismo del arte del ladrillo: arcos ciegos doblados, frisos en esquinilla y unas ruinas de naves perimetrales que, lejos de parecer derrumbadas, riman con el cielo abierto como un templo sin techo.
Entre tanta piedra sacra y castillo noble, la vida cotidiana de un pueblo
siempre deja espacio para la sonrisa. Y es que no pudimos evitar detener la
cámara frente al letrero de la Calle Juego Pala. Imaginamos
que el nombre viene de un antiguo deporte tradicional, pues antes de que se
construyeran los frontones municipales modernos de hormigón, era muy común en
los pueblos de Zamora, León y Castilla utilizar las paredes de las iglesias,
conventos o corrales de calles anchas como canchas de juego improvisadas.
Para cerrar esta pequeña caminata fotográfica por Villalpando, inmortalizamos la imponente estructura vertical de los típicos silos y graneros. Estas catedrales del grano son el verdadero símbolo del trabajo, de la tierra y del pan de cada día de la Tierra de Campos. Una estampa que pone el punto final a nuestro pequeño recorrido en Villalpando.
TODA LA INFORMACIÓN FACILITADA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE
LOS SIGUIENTES ENLACES:
https://www.turismocastillayleon.com/es/posadasreales/condestables
https://www.arteguias.com/zamora/villalpandozamora.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Castillo_de_Villalpando
https://www.castillosnet.org/monumento.php?r=ZA-CAS-502&seo=castillo-de-los-velasco
http://www.villalpando.es/es/galerias
https://ayuntamientodevillalpando.es/historia/
https://ociozamora.com/villalpando-que-ver/
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