UN CIELO DE MADERA SOBRE NUESTRAS CABEZAS
En una de nuestras escapadas por la provincia, decidimos seguir la pista
de un secreto guardado a voces: los maravillosos ARTESONADOS
MUDÉJARES que custodian con celo los muros de iglesias, palacios o
antiguos edificios de la zona, y que ya habíamos tenido el privilegio de
contemplar alguno de ellos en rutas pasadas, dejándonos una huella imborrable
de asombro y devoción por la madera trabajada. Así que, cuando supimos que en
el pequeño pueblo leonés de Valcabado del Páramo se escondía uno de los más singulares
de esta parte de España, no necesitamos muchos más argumentos para poner rumbo
hacia allí.
Exteriormente, el templo no permite imaginar del todo la sorpresa que
aguarda en su interior. La iglesia, dedicada a Santiago Apóstol, tiene su
origen en el siglo XVI y conserva ese aspecto sobrio y rotundo propio de muchas
iglesias rurales castellano-leonesas.
Pero basta cruzar la puerta para comprender que aquí conviene hacer algo
que normalmente no solemos hacer al entrar en una iglesia: mirar inmediatamente
hacia arriba.
Aunque también merece la pena detenerse unos instantes en el resto del templo, pues además de una hermosa pila bautismal de origen románico, que testimonia la existencia de un templo anterior en el mismo emplazamiento. Un Cristo gótico del siglo XIII traído de uno de los antiguos monasterios que hubo en la localidad, acompañan el recorrido visual por la nave. Señalar, que en el año 2016, fue robada del templo, entre otras cosas, una virgen románica del siglo XII.
También se conservan varios retablos, así en los laterales aparecen diferentes composiciones de carácter religioso que, entre imágenes y columnas, aportan color y riqueza ornamental a los muros. Son esos rincones que invitan a acercarse despacio, a descubrir sus tallas y a fijarse en los pequeños detalles que tantas veces pasan inadvertidos cuando uno tiene prisa.
Al fondo se alza el retablo mayor, de carácter barroco y dedicado al titular del templo, Santiago Apóstol. Su presencia preside el presbiterio y concentra inevitablemente la mirada hacia el altar, estableciendo un hermoso contraste con la sobriedad de los muros y, sobre todo, con la extraordinaria arquitectura de madera que cubre el espacio.
Porque la verdadera magia ocurre al levantar la vista. Sobre nuestras
cabezas no hay una bóveda fría de piedra, sino un universo de madera
entrelazada con una precisión poética. Levantar la mirada hacia el artesonado
de la nave es entrar en un mundo de geometrías, estrellas, lazos y piezas de
madera ensambladas con una precisión que resulta difícil de comprender incluso
varios siglos después de su construcción.
La magnífica armadura que cubre la nave es una obra de carpintería
mudéjar-renacentista, fechada entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII,
y constituye uno de los ejemplos más destacados de esta tradición constructiva
en el entorno de la Vía de la Plata.
Sus dimensiones tampoco pasan desapercibidas. La estructura se extiende a
lo largo de unos veinte metros, creando sobre nuestras cabezas una
impresionante cubierta de madera de par y nudillo.
Pero reducirla a una simple techumbre sería casi una falta de respeto. Aquello es arquitectura. Es geometría. Es paciencia. Y, sobre todo, es el resultado del extraordinario conocimiento de aquellos maestros carpinteros capaces de transformar simples piezas de madera en un complejo rompecabezas tridimensional. En el centro, la sucesión de los nudillos forma el almizate, decorado con una compleja trama geométrica donde aparecen estrellas de ocho puntas y diferentes motivos de lazo. A su alrededor surgen molduras, dentellones, rosetas, arquillos, cadenetas y otros elementos ornamentales que convierten el conjunto en una auténtica filigrana.
Mientras lo contemplábamos, no podíamos evitar preguntarnos cómo sería
posible diseñar algo así sin ordenadores, sin programas de cálculo y sin las
herramientas modernas a las que estamos acostumbrados. La respuesta está,
probablemente, en siglos de conocimiento transmitido de maestro a aprendiz. Y
en unas manos capaces de entender la madera como si hablara.
¿Cómo se sostiene semejante prodigio sin una sola gota de pegamento
moderno? La respuesta aguarda en un rincón del templo gracias a una delicada
maqueta. Este pequeño modelo permite admirar las tripas del artesonado, esa
estructura oculta que normalmente solo ven los pájaros o los fantasmas del
sotabanco.
Al observar aquella reproducción entendimos mejor su complejidad constructiva. Las vigas, los pares y los diferentes elementos que componen la armadura suspendida sobre la nave del templo. Quizá por eso estos artesonados tienen algo de mágico. Desde abajo contemplamos la belleza de su cara visible, las estrellas, los lazos y las geometrías. Pero sobre ella se esconde todo un universo de ingeniería tradicional.
Nuestra mirada continuó hacia el presbiterio, donde también encontramos
una espectacular cubierta de madera. La historia de esta parte del templo tiene
además un capítulo especialmente interesante. La antigua armadura del
presbiterio había desaparecido con el paso del tiempo y solo se conservaban
algunos elementos de apoyo. Durante el proceso de restauración se decidió
recuperar también este espacio mediante la construcción de una nueva armadura
realizada con las técnicas tradicionales de la carpintería de armar. El
resultado es un magnífico artesonado de planta cuadrada, resuelto mediante
limas y una decoración geométrica de lazo de ocho, que culmina en un atractivo
motivo central.
No se trataba simplemente de colocar un techo nuevo. Se trataba de
recuperar un conocimiento. De volver a trabajar la madera siguiendo
procedimientos que durante siglos habían dado forma a algunos de los techos más
hermosos de nuestra arquitectura. Y contemplándolo desde abajo, cuesta imaginar
que sea una obra realizada en pleno siglo XXI. Ese es quizá el mejor elogio que
puede hacerse a quienes participaron en su construcción.
Pero si el artesonado es extraordinario, casi tanto como él lo es la historia
de su recuperación. Durante años, esta magnífica obra sufrió un preocupante
deterioro. Las humedades y el paso del tiempo amenazaban seriamente un
patrimonio que parecía condenado a desaparecer lentamente. Sin embargo, los
vecinos de Valcabado del Páramo decidieron que aquel cielo de madera merecía
una segunda oportunidad. Se organizaron actividades, campañas de concienciación
y diferentes iniciativas para conseguir los fondos necesarios. La implicación
del pueblo, junto con el apoyo de instituciones y especialistas, permitió poner
en marcha un complejo proceso de restauración que devolvió al artesonado su
esplendor. La recuperación culminó oficialmente en 2024, después de varios años
de trabajos en la cubierta, la armadura de la nave, el presbiterio y el
pórtico. Una historia preciosa que demuestra que el patrimonio no se conserva
únicamente con grandes discursos y que también se salva cuando un pueblo decide
que aquello que heredó merece seguir formando parte de su futuro.
Nuestra visita a la iglesia de Santiago terminó como había comenzado: mirando hacia arriba y descubriendo que, sobre nuestras cabezas, alguien construyó un cielo. Uno que, afortunadamente, seguirá brillando durante muchos años en el pequeño pueblo de Valcabado del Páramo.
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES
ENLACES:
https://es.wikipedia.org/wiki/Valcabado_del_P%C3%A1ramo
https://www.turismocastillayleon.com/es/patrimonio-cultura/ruta-artesonados-mudejares-via-plata
https://visitasguiadascastillayleon.es/el-cielo-de-leon/
https://www.diariodeleon.es/cultura/230523/974556/cielo-valcabado-tenebroso.html
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9867024
https://crowdfunding.hispanianostra.org/valcabado--mecenazgo-mudejar/1749
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