LA ALBERCA

Declarado en 1940 primer Conjunto Histórico-Artístico, de España, y en 2014 catalogado como uno de Los Pueblos Más Bonitos de España, esta hermosa localidad salmantina situada en el corazón de la Sierra de Francia, conserva un entramado urbano en el que parece que el tiempo hubiera decidido caminar más despacio. Sus casas de piedra, adobe y madera, los balcones que se asoman sobre nuestras cabezas y las estrechas callejuelas que se retuercen sin aparente orden, convierten el paseo en una hermosa y pequeña aventura.


Nuestro recorrido por la Villa comenzó junto al crucero y las columnas de la Plaza de San Antonio, punto de partida y también de regreso de este particular viaje por las entrañas de uno de los pueblos más bellos de la Sierra de Francia y también uno de los más visitados. Curiosamente, este espacio recibe hasta dos nombres más: Plaza del Tablado o Plaza del Padre Arsenio.

Desde allí las callejas se abren como un abanico de misterios, donde pronto comprendimos que en La Alberca conviene caminar con los ojos bien abiertos. Y no sólo porque su pavimento se convierte en un enorme reto de accesibilidad para nuestra silla de ruedas, sino también, porque cualquier fachada puede esconder un pequeño detalle.



La arquitectura popular albercana es un prodigio de entramados de madera de castaño, granito y pisa (barro con paja), un auténtico espectáculo. 

Esa belleza y sus pequeños detalles grabados en los dinteles de las puertas, que todavía hablan desde la piedra indicando que algunos de sus vecinos eran conversos y utilizaban este método para reafirmar su fe, fueron los que nos invitaron a detenernos y fotografiarlos una y otra vez.



Nos asomamos a la calle del Pedregal, donde nos esperaba una de esas curiosidades que hacen que uno levante las cejas y piense: «Bueno, pues si la piedra no se puede mover… construyamos la casa alrededor». Allí contemplamos una enorme mole de piedra natural integrada en la propia edificación, como si hubiera decidido quedarse para siempre y los vecinos, con una mezcla de sentido práctico e ingenio serrano, hubieran terminado aceptando que aquella piedra también tenía derecho a formar parte del vecindario.

Poco a poco desembocamos en el corazón palpitante del pueblo: su Plaza Mayor, una conjunción perfecta de la unión de las culturas cristiana, musulmana y judía. Rodeada de casas tradicionales, soportales y balconadas cuajadas de flores, conserva esa atmósfera de plaza vivida, de lugar de encuentro donde parece fácil imaginar conversaciones, mercados y celebraciones de otros tiempos.






En su centro se alza un crucero de granito esculpido con las imágenes del Cristo y la Virgen, presidiendo silenciosamente la plaza y convirtiéndose en uno de esos elementos que, sin necesidad de imponerse, terminan dando personalidad a todo el conjunto.

Cabe señalar que, nuestro recorrido por La Alberca tuvo un protagonista menos romántico, pero inevitable: el empedrado tradicional e irregular. Sus calles y plazas, tan bellas para la vista, son extremadamente exigentes con las sillas de ruedas. Pero aun así,  la belleza del entorno invita a tomárselo con mucha paciencia y buen humor. Viajar en silla de ruedas por estos lugares históricos tiene su pequeña dosis de aventura, y aquí cada irregularidad del terreno parecía empeñada en recordárnoslo.

Desde la Plaza Mayor descendimos por la calle del Puente hasta alcanzar el arroyo de La Alberca, dejando atrás poco a poco el bullicio del centro para sumergirnos después en el intrincado entramado de callejuelas que caracteriza a la población.

Aquí La Alberca se vuelve todavía más profunda y laberíntica. Las calles se estrechan, giran inesperadamente y parecen invitar al visitante a perderse. Nosotros lo intentamos, aunque con la silla de ruedas tiene sus riesgos: lo que para un caminante puede ser una encantadora callejuela, para nosotros podía convertirse en una auténtica yincana.

A pesar de las dificultades, aquel paseo nos regaló algunos rincones con mucho encanto. Uno de ellos fue la Casa-Museo Satur Juanela, situada en la calle Mesón, una de las últimas viviendas tradicionales conservadas en La Alberca. En su interior, que no visitamos, se recrea la forma de vida de las familias serranas, desde las cuadras y la cocina hasta las alcobas, el granero y el sobrao, permitiendo comprender cómo se vivía aquí no hace tantos años. Pero también podrás visitar el Museo del Traje Típico Albercano.

Regresamos después hacia la Plaza Mayor para dirigirnos a la zona más elevada del casco histórico. Allí se abre ante nosotros la amplia y serena plaza de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

Allí se levanta el edificio religioso más importante de la localidad, construido en el siglo XVIII y concebido con una monumentalidad que contrasta con la arquitectura doméstica que lo rodea. Como curiosidad se terminó el mismo año que la CATEDRAL NUEVA DE SALAMANCA (enlace a nuestra publicación).

Al cruzar sus puertas, el bullicio exterior se apaga: su interior guarda una atmósfera de absoluto recogimiento; altares barrocos; un reseñable Santísimo Cristo del Sudor, que dice la tradición que sudó sangre el 1 de septiembre de 1655, y al día siguiente sangró por la herida del costado; y un magnifico púlpito de granito policromado del siglo XVI, una de las piezas más singulares que conserva la iglesia.



Al salir, todavía nos esperaba la escultura  de uno de los personajes más famosos de La Alberca. Nos detuvimos ante el Marrano de San Antón, una tradición que forma parte inseparable de la identidad de la localidad. Así, durante siglos, un cerdo era bendecido y soltado por las calles del pueblo para ser alimentado y cuidado por los vecinos hasta la festividad de San Antón. Hoy su recuerdo permanece como uno de los símbolos más curiosos y entrañables de La Alberca.

Y es que en este pueblo las tradiciones no parecen estar encerradas en los libros. Permanecen en las calles, en las piedras, en las fachadas y, en este caso, incluso en la memoria de un cerdo que llegó a convertirse en uno de los habitantes más populares de la villa.

Nuestro paseo continuó por la calle Llana y la calle del Chorrito, dejando que otras pequeñas vías se fueran cruzando a nuestro paso. Una tras otra aparecían nuevas fachadas de la arquitectura tradicional serrana: entramados de madera, balcones, aleros, puertas antiguas y esos pequeños detalles que hacen que aquí resulte prácticamente imposible avanzar sin detenerse cada pocos metros a intentar captar esas estampas de cuento.

Es un lugar para mirar hacia arriba, para acercarse a una fachada, para intentar descifrar una inscripción o imaginar quién colocó aquella piedra hace varios siglos. Es un pueblo que se disfruta perdiéndose un poco, aunque después toque buscar la manera de volver a encontrar el camino.

Finalmente, casi sin darnos cuenta, nuestro recorrido nos condujo de nuevo a la Plaza de San Antón, el mismo lugar donde había comenzado nuestra aventura.

Habíamos completado un complejo pero precioso laberinto, porque en realidad La Alberca difícilmente puede recorrerse en línea recta. Sus calles tienen algo de laberinto y algo de viaje en el tiempo. Nos habían hecho esforzarnos con la silla de ruedas, detenernos más de lo previsto y buscar cuidadosamente cada paso, pero también nos habían regalado uno de esos paseos que permanecen en la memoria.

TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://es.wikipedia.org/wiki/La_Alberca_(Salamanca)

https://turismosierradefrancia.es/nuestros-pueblos/la-alberca/

https://laalberca.com/

https://laalberca.com/historia/

https://lospueblosmasbonitosdeespana.org/pueblos/la-alberca

https://www.lagacetadesalamanca.es/provincia/la-historia-de-una-de-las-plazas-mas-fotografiadas-GL926769

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