Segovia nos tenía guardado, bajo un manto de estrellas, un último regalo antes de despedir la jornada. Eran las once de la noche. Tras una cena reconfortante en la emblemática Avenida del Acueducto, la prudencia pedía descanso, pero la pasión por las piedras con alma pudo más. No podíamos abandonar la ciudad sin rendir culto, aunque solo fuera unos minutos, a uno de sus grandes tesoros medievales: la Iglesia de San Millán, llamada por el marqués de Lozoya: la «Catedral de los arrabales» de Segovia.
Verla en la penumbra, envuelta en el misterio nocturno, lejos de ser un
inconveniente por estar cerrada, se convirtió en una experiencia mágica. A esas
horas, cuando la iluminación dibuja sus volúmenes sobre la oscuridad, San
Millán adquiere otra personalidad. Y para quienes, como nosotros, sentimos
debilidad por el románico, aquello fue suficiente para que el cansancio de la
jornada desapareciera por un momento.
Porque San Millán, que refleja influencia de la arquitectura aragonesa al
reproducir la planta de la CATEDRAL DE JACA, no es una iglesia pequeña
ni discreta. Todo lo contrario. Con sus aproximadamente 50 metros de longitud y
20 de altura hasta la cúpula del crucero, estamos ante uno de los templos
románicos más monumentales de Segovia, levantado en el antiguo Arrabal Mayor
durante las primeras décadas del siglo XII, sobre uno anterior del que se
conserva la torre.
Y basta rodearla por fuera para comprender que aquí los canteros medievales no se limitaron a levantar muros. Los llenaron de historias. San Millán conserva tres portadas románicas, aunque cada una tiene su propia personalidad. Así la occidental, quizá la que primero llama nuestra atención, presenta un arco de medio punto acompañado por varias arquivoltas. Sus dovelas están decoradas con motivos vegetales y rosetas, mientras que los capiteles de las columnas incorporan una interesante decoración figurada, con personajes, cuadrúpedos, arpías y centauros.
La portada septentrional sigue un esquema parecido y vuelve a demostrar que, en el románico, hasta el lugar destinado a cruzar un umbral podía convertirse en un auténtico libro de piedra. Pero es la portada meridional la que guarda una de las piezas más singulares de todo el exterior: un tímpano esculpido cuya iconografía, muy deteriorada, continúa siendo objeto de interpretación.
Y aquí aparece uno de esos pequeños misterios que tanto nos gustan. Porque el románico está lleno de escenas cuyo significado no siempre resulta evidente a nuestros ojos del siglo XXI. Figuras que parecen hablarnos desde otro tiempo, personajes cuyo gesto hemos de interpretar y símbolos que quizá para quienes los contemplaban hace ochocientos años resultaban mucho más fáciles de comprender.
Pero si hay algo que nos hizo detenernos una y otra vez fueron, esos elementos
insignia del románico segoviano: las galerías porticadas. San Millán posee dos,
una en cada fachada lateral. La meridional es la más antigua y rica desde el
punto de vista escultórico; la septentrional es posterior y presenta una
decoración más sencilla.
Y aquí es donde uno comprende que aquellos pórticos no eran simplemente un elemento arquitectónico. Sus capiteles están poblados de personajes, animales fantásticos, motivos vegetales, escenas de inspiración bíblica, además de arpías, sirenas, centauros y otras figuras del imaginario medieval.
Es como si los escultores hubieran decidido aprovechar cada pequeño espacio para dejar un mensaje. Pero nosotros, aquella noche, apenas pudimos intuir muchos de esos detalles bajo la iluminación artificial.
Y después están los canecillos. Esas pequeñas piezas de piedra que, colocadas bajo las cornisas, tienen una función arquitectónica, pero que los escultores convirtieron también en un escaparate de personajes, animales, monstruos, músicos tocando instrumentos, bailarinas o acróbatas, sirenas y escenas que, en ocasiones, resultan bastante más atrevidas de lo que uno podría imaginar al hablar de una iglesia.
Porque mientras nosotros solemos imaginar las iglesias medievales como
lugares solemnes y serios, basta levantar un poco la mirada para descubrir que
los canteros también tenían espacio para la imaginación, la ironía y hasta
cierta dosis de picardía. Quizá por eso me gusta tanto el románico.
Y llegamos a la cabecera, que posiblemente sea uno de los elementos
exteriores más interesantes de San Millán. El templo presenta una cabecera de
tres ábsides, a la que se suma un cuarto espacio relacionado con la sacristía,
creando ese característico conjunto de volúmenes que hace que San Millán
resulte tan monumental.
El ábside principal se articula mediante columnas y diferentes elementos decorativos que rompen la monotonía del muro. Sus ventanas, pequeñas y profundamente abocinadas, están acompañadas por arquivoltas y capiteles en los que vuelven a aparecer aves afrontadas, motivos vegetales y figuras de carácter simbólico. Y, coronándolo todo, otra magnífica colección de canecillos. Aquí vuelven a aparecer hojas, motivos geométricos, animales y figuras humanas, componiendo un auténtico friso escultórico bajo la cornisa. Algunos están tan desgastados por el paso de los siglos que apenas podemos adivinar lo que representan. Pero quizá eso también forme parte de su encanto. El tiempo ha ido borrando poco a poco los rostros y los gestos, dejando que sea nuestra imaginación la que termine de completar la historia.
Nos marchamos casi a medianoche, mientras Segovia dormía poco a poco
alrededor de nosotros, con un sabor de boca exquisito y la sensación de haber
descubierto solo una pequeña parte de lo que esta iglesia guarda. Nos quedamos con
las ganas de cruzar su umbral y quizá sea mejor así. Porque ahora tenemos una
deuda pendiente con San Millán. Volver otro día a recorrer sus tres naves,
admirar sus pinturas románicas, descubrir sus capiteles, contemplar su cúpula,
acercarnos a sus ábsides y, sobre todo, dedicarle a cada una de aquellas
maravillas el tiempo que aquella noche no tuvimos.
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https://www.parroquiasanmillansegovia.com/
https://www.arteguias.com/iglesia/sanmillansegovia.htm
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