Si hay un lugar en Segovia capaz de
sorprender incluso a los viajeros más curiosos, ese es el Palacio Real de
Riofrío. Es una de esas joyas poco conocidas que, cuando las descubres, te
preguntas cómo es posible que no estén en todas las guías.
Escondido en plena naturaleza, a solo 11 kilómetros del REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (Enlace a nuestro blog), este palacio aparece de pronto en medio de un bosque de más de 600 hectáreas.
Un entorno donde viven ciervos, gamos y otras especies, y donde el silencio forma parte de la experiencia.
Aquí, historia, arquitectura y naturaleza se mezclan de una forma muy especial.
Llegar ya merece la pena. La carretera
atraviesa un paisaje tranquilo, casi hipnótico, hasta que entre los árboles
aparece la silueta del edificio rosado.
Sobrio, elegante y construido en granito, transmite una sensación completamente
distinta a la de otros palacios reales: aquí no hay bullicio, hay calma.
El Palacio de Riofrío se construyó en el siglo XVIII, con una clara inspiración italiana y bajo la dirección del arquitecto Virgilio Rabaglio. con planta cuadrada de tres alturas, organizado alrededor de un elegante patio central, recuerda al Palacio Real de Madrid, pero con un carácter mucho más íntimo y aislado.
Curiosamente, es también uno de los
palacios más “auténticos” de Patrimonio Nacional. Al haber sido menos utilizado
que otros, como el de La Granja o Madrid, conserva una atmósfera de quietud
difícil de encontrar en otros Reales Sitios.
El Palacio Real de Riofrío es una de las residencias de la familia real española, gestionada por el organismo Patrimonio Nacional, Se encuentra en la localidad de Riofrío,
La historia de Riofrío está marcada por los deseos y ambiciones de la reina Isabel de Farnesio. Su intención era asegurar el futuro de su hijo en el trono, en un contexto de complejas tensiones dinásticas dentro de la familia real.
Tras la muerte prematura de Luis I y el reinado de Fernando VI, se permitió a la reina construir este palacio, en parte para mantenerla alejada de la corte. Así, en 1751, Isabel de Farnesio adquirió estos terrenos —antiguo coto de caza de Felipe V— con la idea de levantar una residencia donde vivir con su hijo menor, el infante don Luis.
Sin embargo, el destino cambió los planes. Antes de terminar las obras, Fernando VI murió sin descendencia y Carlos III, hijo de la reina, fue llamado a ocupar el trono. El proyecto perdió entonces su sentido original y el palacio nunca se completó como estaba previsto.
De aquel gran plan —que incluía jardines, fuentes, caballerizas e incluso un teatro— solo se construyó el edificio principal y una gran plaza inacabada.
A lo largo del tiempo, el palacio se utilizó principalmente como residencia de caza. No era un lugar de grandes ceremonias, sino más bien un refugio.
Quienes realmente lo habitaron fueron Francisco de Asís de Borbón, que se retiró aquí buscando tranquilidad, y su hijo Alfonso XII, que encontró en Riofrío un lugar de recogimiento tras la muerte de María de las Mercedes. Ese carácter íntimo y casi melancólico todavía se percibe hoy en muchas de sus estancias.
El recorrido comienza en El Patio de Honor un espacio de granito gris, lo que le da ese aire frío y eterno. Las columnas son de orden toscano, muy robustas, diseñadas para aguantar el inmenso peso de las plantas superiores donde están los salones.
Este patio es un cuadrado perfecto y sirve como el pulmón del palacio, era un espacio de gran actividad. Aquí llegaban los invitados a caballo, se preparaban las cacerías y se descargaban las provisiones. Mientras que las plantas de arriba eran puro lujo y seda, esta planta baja es pura piedra y utilidad.
Las arquerías del Patio de Honor en la planta baja del palacio es donde el ambiente palaciego se mezcla con la funcionalidad de la vida en el campo. Presenta un carruaje de Época, una berlina de viaje o coche de caza del siglo XIX. Este carruaje más sobrio, pintado en azul oscuro y negro con ruedas rojas. Estaba diseñado para ser resistente y circular por los caminos de tierra del bosque, tiene un sistema de suspensión por ballestas (piezas curvas de hierro sobre las ruedas) para que los reyes no sufrieran demasiado con los baches del terreno.
La Escalera de Honor que está justo antes de entrar en la sala de Alabarderos, una de las más espectaculares de España. Cuando entras en el palacio que por fuera parece un bloque de granito muy sobrio, no te esperas encontrarte con semejante despliegue de espacio y luz. Su diseño es de doble tiro y total simetría.
Las balaustradas tienen grupos escultóricos de tipo putti que representan alegorías de la caza, la pesca las artes y las ciencias. Desde el centro, arrancan dos tramos de escaleras idénticos que suben en direcciones opuestas para luego encontrarse arriba, en el rellano que da acceso a la Sala de Guardia.
Está diseñada para impresionar. Se buscaba que el cortesano o el invitado se sintiera pequeño ante la magnitud de la monarquía nada más entrar. Construida casi enteramente en piedra, lo que le da una sensación de solidez eterna, los peldaños son de una sola pieza de piedra de la zona. Al no tener madera ni alfombras en los tramos principales, el sonido de los pasos retumba de una forma muy solemne, es el sonido de un palacio real puro. Si miras hacia arriba cuando estés en el centro de la escalera, verás que no hay un techo cerrado oscuro, hay una gran cúpula o linterna con ventanales que baña toda la caja de la escalera con luz natural. Esto era revolucionario para la época, ya que permitía iluminar el corazón del palacio sin necesidad de cientos de velas durante el día. Para los Borbones, la escalera no era solo para "subir pisos"; era un escenario de protocolo. Aquí era donde los reyes recibían a las visitas ilustres o donde la guardia formaba en fila durante las ceremonias.
Las arquerías del Patio de Honor en la planta baja del palacio es donde el ambiente palaciego se mezcla con la funcionalidad de la vida en el campo.
Lo primero que captará tu atención no es el oro ni el mármol, sino el cielo. A diferencia de otros palacios donde los techos narran glorias militares o mitologías lejanas, aquí el protagonista es el bosque.
El fresco del techo es una auténtica "declaración de intenciones". Actúa como una ventana que introduce el encinar de Riofrío dentro del palacio. Con una paleta de verdes, tierras y azules, la pintura aprovecha la curvatura de la bóveda para dar profundidad, haciendo que los venados y perros parezcan moverse sobre una colina real.
En las esquinas, verás escenas de montería (como el venado acosado por perros),...
...pero también figuras clásicas como la diosa Diana.
Si bajamos la mirada, el lujo se vuelve tangible. Un pavimento de mármoles polícromos del siglo XVIII, protegido por una alfombra monumental de la Real Fábrica, con intrincados motivos geométricos. En las paredes cuelgan piezas de la Real Fábrica de Santa Bárbara. Fíjate en el tapiz del fondo: su cenefa o borde imita un marco de madera tallada. El objetivo era engañar al ojo para que, desde lejos, pareciera un gigantesco cuadro al óleo.
De Estilo Neoclásico: Las puertas blancas con molduras doradas aportan esa elegancia sobria típica de las estancias de recepción.
Debido a su enorme altura y sus muros despejados, esta es una de las salas con mejor acústica de todo el palacio.
El Palacio de Riofrío curiosamente, nunca llegó a ser habitado ni decorado completamente en esa época No fue hasta el siglo XIX en tiempos de Isabel II cuando algunas de sus estancias empezaron a acondicionarse.
El Palacio Real
del Riofrío se abrió por primera vez al público el 14 de julio de 1965.
Visitaremos la sala de billar anteriormente conocida como La cámara de Snyders.
Mantiene piezas originales de la época, con su característico tablero contador,
las taqueras, con sus tacos y bolas originales, los muebles taqueros,
los tacheros o porta velas y los cobertores para no pasar frio.
La siguiente estancia sirve de antesala, que da paso al gran comedor del palacio.
Un dispositivo actuaba como el centro de comunicación, coordinando silenciosamente el trabajo de sirvientes y guardias mediante un simple gesto. A diferencia de otras salas las paredes están decoradas con papel pintado tipo damasco en tonos verdes y beige, con motivos vegetales que conectan visualmente el interior con el entorno natural de Riofrío.
Al ser una zona de paso, el mobiliario es funcional: banquetas de madera con tapizado verde para la espera de invitados o personal antes de una audiencia. También destaca una mesa consola tallada y dorada, usada con fines decorativos.
En las paredes cuelgan pequeños retratos ovalados, típicos de ámbitos más íntimos. La puerta, blanca con detalles dorados, mantiene la estética del palacio y hoy forma parte del recorrido turístico. La iluminación se completa con una lámpara de cristal de La Granja, necesaria en este pasillo interior con poca luz natural. Aunque es un espacio de paso tienen una decoración de gran nivel.
Aquí se encuentra un llamador, una de
las piezas más curiosas y "tecnológicas" de la época, el indicador
del sistema de aviso para el servicio, el antepasado decimonónico de los
timbres eléctricos.
Esta estancia es la Antecámara o Pasillo de Comunicación que conecta las áreas de recepción con las zonas más privadas del palacio.
Este panel permitía al Rey o a sus invitados llamar a los criados desde las diferentes habitaciones del palacio. Cada uno de esos hilos que ves subir por la pared estaba conectado a un tirador (normalmente una borla de seda o una manivela) en una sala específica. El sistema funcionaba mediante hilos metálicos ocultos en paredes y techos que conectaban las habitaciones con un panel central llamado “INDICADOR”. Al tirar de una cuerda o borla de seda desde una estancia, el hilo se tensaba y activaba una campanilla o una lengüeta en el panel, mostrando el nombre de la sala que solicitaba servicio.
Este panel representa el antepasado
directo de nuestros timbres eléctricos y era, en su momento, el máximo exponente
de la modernidad y la eficiencia doméstica.
Este mecanismo centralizaba las
llamadas de todo el edificio mediante una compleja red de ingeniería oculta:
En cada estancia privada, el Rey o sus
invitados disponían de un tirador, generalmente una elegante borla de seda o
una manivela de bronce que al accionarlo se tensaba un intrincado sistema
de hilos metálicos que recorrían el interior de techos y paredes,
invisibles a los ojos de los habitantes. La tensión del hilo llegaba hasta este
panel centralizado, donde activaba una campanilla para captar la atención y
hacía oscilar una lengüeta o
señal visual. Esta indicaba con precisión el nombre de la sala desde la cual se
solicitaba la presencia del personal.
La verdadera "tecnología" de
este sistema no era solo mecánica, sino social. Su instalación permitía
mantener la etiqueta y el silencio
del palacio:
Los criados permanecían en sus zonas
designadas y solo aparecían cuando eran requeridos, evitando el tránsito
innecesario por las zonas nobles.
El panel no solo servía para el
confort; incluía avisos específicos para el Jefe de Guardia, el
responsable de gestionar la seguridad y controlar quién accedía a las estancias
privadas del monarca.
Continuamos por la sala de apoyo al
comedor o antecomedor, en esta zona se utilizaba un montaplatos que
conectaba directamente con las cocinas situadas en la planta inferior.
Allí se encontraba también uno de los
primeros sistemas de calientaplatos del siglo XVIII, funciona con brasas de
carbón que mantenían los platos calientes.
El Comedor propiamente dicho decorado con una elegante estufa de bronce dorado y cuadros de bodegones para estimular el apetito de los comensales, no era un comedor de gala. En los palacios reales, la diferencia entre Comedor de Gala y Comedor de Diario solía depender del uso: la formalidad, la mesa y el número de comensales. En Riofrío, al ser un palacio más pequeño, las estancias eran polivalentes. El comedor principal se utilizaba de forma más sencilla cuando el rey estaba en su retiro de caza.
Es una de las estancias más elegantes y luminosas del palacio. A diferencia de la pinacoteca, presenta un ambiente fresco gracias a sus paredes en azul celadón, un tono de moda a finales del siglo XVIII y XIX que aportaba sensación de limpieza y amplitud.
Los cortinajes en rojo y blanco añaden calidez al espacio. La mesa, vestida con mantelería blanca, exhibe vajilla, cristalería y centros florales, reflejando el protocolo riguroso de la corte incluso en un pabellón de caza.
Las sillas, de diseño sencillo y madera noble, están pensadas para largas sobremesas. Destacan también las lámparas de cristal de La Granja, con sistemas de poleas protegidos por fundas de tela.
En las paredes cuelgan pequeños bodegones, tradicionales en comedores palaciegos por su función decorativa y simbólica. A través de la puerta abierta se aprecia la continuidad de las salas en enfilada, característica del palacio.
La calefacción
del palacio se realizaba principalmente mediante chimeneas francesas.
Fue Francisco de Asís de Borbón, esposo de la reina Isabel II, quien impulsó la decoración de varias habitaciones del palacio. Durante la visita se pueden descubrir estancias muy curiosas que conservan gran parte de su decoración original, como los cortinajes y papeles pintados, lo que permite imaginar cómo era la decoración del palacio en su época de uso.
El dormitorio de Francisco de Asís es uno de los
espacios más personales del Palacio de Riofrío, pensado más para el descanso y
la vida privada que para la ostentación oficial. Lejos de las grandes camas
ceremoniales, aquí encontramos una cama a la polonesa, un estilo muy popular en
la Europa del siglo XVIII, que aporta un aire elegante pero funcional.
Se trata de una cama de tipo campaña, inspirada en las que los monarcas utilizaban durante sus desplazamientos militares. Este detalle no es casual: en Riofrío, todo sugiere un ambiente de retiro, casi íntimo, donde el rey podía desconectar del protocolo y la rigidez de la corte. El dosel rojo, además de llamativo, cumplía una función práctica: conservar el calor durante las frías noches de la sierra. A su alrededor, las paredes se visten con tapices de la Real Fábrica de Santa Bárbara y delicados papeles pintados florales, creando una atmósfera cálida, envolvente y ligeramente recargada.
Más que un simple dormitorio, la estancia también
hacía las veces de pequeño salón privado. Los sillones dispuestos en torno a la
alfombra central permitían recibir a personas de confianza en un ambiente
cercano, lejos de la formalidad de los grandes salones del palacio.
Uno de los espacios más sorprendentes, es la pequeña capilla o anteoratorio, donde se expone una impresionante colección de 149 cuadros realizados por Giovanni del Cinque en 1729 que representan la vida de Jesucristo, adquiridos por Felipe V, con su número de inventario a su izquierda y la Cruz de Borgoña marca de su propiedad a la derecha.
Además el manto del reclinatorio que se encuentra en el, perteneció a Francisco de Asís de Borbón, de terciopelo carmesí bordado en hilo de oro, lo que añade un interesante valor histórico a la estancia. Tras la puerta de un armario frente al reclinatorio, se encuentra el oratorio propiamente dicho, con pequeños cuadros exhibidos elaborados en la técnica de hilos prendidos o hilos pegados, son hilos de seda que van haciendo las figuras y son pegados a una pequeña capa de cera.
Otra alcoba sugerente es la de Alfonso
XII, un espacio que combina intimidad y elegancia, y que nos cuenta mucho
sobre la vida privada del rey tras la muerte de su primera esposa María
de las Mercedes de la que conserva un retrato de su boda.
Nada más
entrar, lo que llama la atención es el despacho: un gran escritorio de madera
que parece esperar todavía a que el monarca atienda sus asuntos de Estado. Las
sillas de respaldo alto, tapizadas en azul, combinan con las paredes forradas
de damasco en tonos azules y dorados, mientras los cortinajes de terciopelo
verde y granate ayudan a aislar del frío y del ruido. Sobre la chimenea,
lámparas de aceite iluminaban el trabajo nocturno de forma práctica y
acogedora, mucho más real que las enormes arañas de velas que uno se imagina en
un palacio.
El
dormitorio del rey está justo al lado y no decepciona. El papel pintado con
motivos florales azules sobre fondo dorado le da un brillo especial, mientras
la cama y la alfombra en tonos rojos crean un contraste que grita “lujo del
siglo XIX”. Entre la cama y la chimenea, un lavabo de diario con jarra y
palangana nos recuerda que, incluso entre tanto esplendor, la rutina cotidiana
seguía presente.
La chimenea
de mármol, decorada con un escudo bordado, marca la privacidad del espacio,
mientras las lámparas de aceite y un reloj completan el ambiente, dando la
sensación de entrar en un dormitorio vivo, usado y muy humano.
Recorrer
esta alcoba es como asomarse al día a día de Alfonso XII: un espacio donde la
intimidad, la elegancia y la practicidad se mezclan con un encanto que hace que
quieras quedarte un rato más.
Destaca una mesa de estilo rococó o neobarroco, probablemente procede de talleres reales o un regalo diplomático. La pintura sobre la mesa representa una escena militar de los siglos XVIII o principios del XIX. En ella, varios soldados descansan junto a una tienda de campaña, sentados de forma relajada alrededor de un tambor que utilizan como mesa, mientras beben y conversan. La presencia de un barril refuerza el ambiente de campamento al aire libre.
La escena
transmite una sensación de descanso y vida en la naturaleza, en sintonía con el
espíritu que el rey buscaba en Riofrío.
Durante el período republicano, entre 1931 y 1936, el uso del palacio fue solicitado por asociaciones feministas y de estudiantes para celebrar estancias con carácter formativo y humanitario, iniciándose un período de reflexión sobre el uso popular o museístico del espacio.
Entre los años 1950 y 1955 fue cedido como albergue a la Sección Femenina
de Falange hasta su recuperación como uso
museístico.
Entre septiembre de 2015 y diciembre de 2016, Patrimonio Nacional cerró varias salas por restauración ya que pretendía recuperar la función original de varios espacios históricos del edificio.
Esta estancia es el Salón de Música del Palacio Real de Riofrío (también conocida como el Salón de Piano).
Es una de las habitaciones más emblemáticas de los aposentos reales y destaca por su decoración de estilo isabelino y alfonsino.
Destaca el Piano de Cola: Situado en el centro de la imagen, una pieza histórica de gran valor que da nombre a la función de la sala. En las paredes cuelgan retratos de gran formato de la familia real. Destaca el retrato de Alfonso XII (a la izquierda), quien frecuentó mucho este palacio durante su viudez. En el cuadro aparece con uniforme de gala, reflejando su papel como jefe del ejército. También se observa un retrato de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena con el joven Alfonso XIII. Este cuadro representa la época de su Regencia. Tras morir su esposo, muy joven, María Cristina tuvo que gobernar el país hasta que su hijo fuera mayor de edad.
En el extremo derecho, en un cuadro algo más
pequeño, aparece el rey consorte Francisco de Asís, marido de Isabel II. Él fue
quien realmente impulsó la decoración interior que vemos hoy en día, ya que
vivió largas temporadas en él.
El mobiliario compuesto de piezas originales del
siglo XIX, el sofá corrido con tapicería de damasco y la mesa de despacho de
estilo español antiguo. El papel pintado de seda con motivos geométricos y
florales, junto con la gran lámpara de araña, mantienen la atmósfera íntima y
burguesa que caracteriza a Riofrío frente a la opulencia de otros palacios.
El Gabinete de Carlos IV o Cámara de Audiencias, un espacio destinado a recibir visitas de alto rango en un ambiente más íntimo que el salón del trono, pero manteniendo la etiqueta.
Cuenta con una chimenea de mármol oscuro y un gran espejo dorado que amplía la luz y el espacio. El mobiliario incluye un sofá tipo tête-à-tête, pensado para conversaciones cercanas pero formales.
Al fondo se encuentra el retrato de Felipe V, primer rey Borbón en España. Esta sala forma parte central de las Salas de Respeto y conecta con las estancias más privadas del palacio.
El Gabinete de María Cristina de Habsburgo refleja un estilo más sobrio y acogedor, propio de finales del siglo XIX, en contraste con las estancias del rey.
Predomina el mobiliario cómodo, con sillones tapizados pensados para la conversación y el descanso. En las paredes, de tonos claros, destaca una pintura de temática religiosa que aporta luminosidad al conjunto.
La sala se conecta con otras estancias mediante una puerta decorada con molduras doradas, manteniendo la privacidad. La iluminación corre a cargo de una lámpara de cristal de La Granja, de diseño más ligero.
La alfombra, de motivos florales suaves, completa un ambiente íntimo, pensado como espacio de lectura o retiro personal de la reina durante sus estancias en Riofrío.
El Salón de Pinturas o de Estampas destaca por su luminosidad y estilo neoclásico dentro del Palacio de Riofrío.
Las paredes están decoradas con papel tipo toile de Jouy en tonos claros, que aporta ligereza. Se cubren con numerosos cuadros de pequeño y mediano formato, principalmente paisajes y escenas cotidianas, reforzando el ambiente de descanso.
El mobiliario, de estilo Luis XVI, presenta líneas elegantes, maderas claras y tapicerías a juego. En el centro hay una mesa circular pensada para tertulias o juegos.
La iluminación corre a cargo de una lámpara de cristal de La Granja, y la alfombra, de la Real Fábrica, con motivos neoclásicos, organiza el espacio.
Era una sala de recreo y transición, pensada para disfrutar del arte en un ambiente más relajado que los salones oficiales.
La Sala Roja o Gabinete Rojo es una de las estancias más llamativas del Palacio de Riofrío, destacando por su decoración en tonos carmesí.
Las paredes están cubiertas con papel de damasco rojo con detalles dorados, y las ventanas con cortinas de terciopelo a juego, que aportan calidez y aislamiento. En la pared principal sobresale un gran cuadro con una escena de corte, que refleja el protocolo y la importancia de la monarquía.
Debajo se encuentran pequeñas siluetas, retratos típicos del siglo XIX, y una figura decorativa tipo “menina”, que añade carácter artístico.
La iluminación corre a cargo de una lámpara de cristal de La Granja, con detalles cuidados como el cordón forrado en terciopelo. A la derecha, una puerta decorada conecta con la enfilada de salas.
Se trata de un espacio de recepción formal, pero más íntimo que los grandes salones del palacio.
La imagen muestra en detalle la pared principal de la Sala Roja, donde se combina el carácter oficial y familiar del palacio.
En la parte superior destaca un gran cuadro con escena de corte, que representa un acto oficial y recuerda el poder y la historia de la monarquía.
Debajo se sitúan dos retratos ovalados de niños de la familia real, aportando un tono más íntimo y doméstico. Uno de ellos muestra a un bebé con una banda azul, símbolo de distinción.
El papel pintado de damasco rojo con motivos dorados refuerza la riqueza decorativa, mientras que la lámpara de cristal ilumina los marcos y resalta los colores.
La combinación de escenas oficiales y retratos familiares refleja la intención de mostrar una monarquía más cercana en un entorno de descanso como Riofrío.
Esta imagen muestra una de las grandes galerías del Palacio de Riofrío, que conecta las distintas zonas del edificio.
Destaca su arquitectura neoclásica, con bóvedas de cañón que aportan altura y amplitud, y grandes ventanales que llenan el espacio de luz natural. El suelo de mármol, en distintos tonos, refuerza la sensación de luminosidad y elegancia.
En el pasillo se observan paneles informativos del museo, que señalan el acceso a otras áreas, como el Museo de Caza. También hay banquetas tapizadas, pensadas para el descanso durante el recorrido.
Estas galerías organizan la circulación del palacio, separando las zonas públicas de las estancias privadas y reflejando el orden y la simetría propios del estilo neoclásico.
La Capilla Real de Riofrío está integrada dentro del propio palacio, ocupando una zona central del edificio. Al entrar, se percibe un ambiente distinto, más solemne y espiritual.
Destaca el retablo de estuco, una técnica que imita mármoles de colores y permite lograr gran riqueza visual con menor coste. La planta elíptica favorece una excelente acústica y permitía al rey asistir a misa desde una tribuna privada sin mezclarse con el público. En los altares laterales se conservan reliquias, reflejo de la religiosidad de la familia real. La capilla también tuvo un uso personal para Alfonso XII, como lugar de recogimiento tras la muerte de su esposa.
La Sala de
Pintura del siglo XVII es una de las estancias más impactantes, concebida como
una auténtica galería de arte. Destacan sus paredes en rojo pompeyano, un color
muy usado en el siglo XIX para resaltar los marcos dorados y la iluminación de
las pinturas, creando un ambiente de colección o “gabinete”.
La pinacoteca
reúne principalmente obras barrocas españolas e italianas con temas religiosos.
Los cuadros se disponen “a la francesa”, cubriendo casi toda la pared para
mostrar la riqueza de la colección.
El mobiliario
incluye sillas de estilo isabelino con tapizado claro que contrasta con el
rojo, y una gran lámpara de cristal de La Granja, con sistema de poleas para su
mantenimiento. Completa la sala una alfombra de la Real Fábrica, diseñada a
medida con motivos florales en armonía con los colores del espacio.
El cuadro central
es una gran escena histórica o de género, muy popular en el siglo XIX por su
carácter narrativo y moral. A su lado se sitúan dos retratos verticales de
altos cargos de la Iglesia, reflejando la estrecha relación entre la monarquía
y el ámbito religioso.
Esta sala no solo
servía para exponer arte, sino también como espacio habitable. Destaca una
chimenea de mármol oscuro, esencial para el confort durante el invierno.
El mobiliario
incluye sillas fraileras de madera, robustas y de estilo tradicional español,
que evocan el pasado imperial. La iluminación corre a cargo de una gran lámpara
de cristal, cuyo brillo se refleja en las pinturas.
La alfombra, de
diseño geométrico y con cenefa roja, delimita el espacio de reunión frente a la
chimenea.
Una de las obra se
atribuye posiblemente al círculo de Goya o a los Castillo. Aunque no es una de
sus pinturas más conocidas, sigue el estilo de sus primeros trabajos para la
Corte.
En la esquina inferior izquierda aparece el número 561, una marca de inventario real utilizada para catalogar las obras en los palacios. Muchas de estas piezas proceden de otros palacios o de series incompletas de tapices, y fueron reunidas en Riofrío durante el siglo XIX para crear el aspecto de galería o museo que conserva hoy.
Entre 2015 y 2016 se llevaron a cabo importantes
restauraciones para recuperar espacios históricos, mejorar el recorrido y
añadir más de 500 obras procedentes de otros Reales Sitios. El objetivo fue
reflejar mejor la vida en un palacio del siglo XIX
El Palacio de Riofrío, situado en un entorno natural privilegiado en Segovia, ofrece una experiencia dual: el lujo de una residencia real del siglo XIX y un profundo legado vinculado a la naturaleza.
El Museo de la Caza, ubicado
estratégicamente en la planta baja del ala norte del edificio, ha sido
históricamente el corazón de esta segunda temática.
Este espacio recorre la tradición cinegética de la monarquía española a través de un viaje que comienza en la Antigüedad con mosaicos romanos y arte prehistórico.
Continúa con una rica colección de armas, tapices, pinturas, mosaicos.
Pinturas
obtenidas de la, ERMITA
DE SAN BAUDELIO DE BERLANGA (Enlace a nuestra publicación), realizadas con la técnica del strappo.
Tras importantes restauraciones en el siglo XXI, que incorporaron 500 obras de arte para mejorar la comprensión de la vida palaciega, el museo está viviendo hoy su transformación más ambiciosa: su conversión en el Centro de Interpretación de los Espacios Naturales de Patrimonio Nacional.
De esta
forma, Riofrío ha pasado de exhibir la caza como trofeo a enfocarse en la conservación
y el valor ecológico del bosque que lo rodea, integrando la historia real
con la protección del medio ambiente.
El palacio forma parte de un espacio natural protegido
de más de 600 hectáreas, lo que lo convierte en una visita cultural y natural
muy completa, aún poco masificada.
El Palacio Real de Riofrío no es el típico palacio lleno de turistas. Es un lugar tranquilo, casi secreto, donde cada sala cuenta una historia y donde el entorno natural forma parte de la experiencia.
Si buscas algo distinto que ver en Segovia, este es uno de esos sitios que realmente merecen la pena.
Porque Riofrío no solo se visita… se siente.
INFORMACIÓN RECOGIDA
DE LOS SIGUIENTES ENLACES:
https://www.turismorealsitiodesanildefonso.com/punto-de-interes/palacio-real-de-riofrio/
https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_Real_de_Riofr%C3%ADo
https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_Real_de_Riofr%C3%ADo
https://www.patrimonionacional.es/visita/palacio-real-de-riofrio
https://www.facebook.com/watch/?v=1204837428312209
https://www.youtube.com/watch?v=d7ruTMg4gIA
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