Erigida entre los últimos años del
siglo XII y los albores del XIII, la iglesia de San Juan surge como un
testimonio singular del estilo románico-mudéjar, una delicada fusión entre la
tradición cristiana y la herencia islámica. Su valor histórico y artístico le
valió la declaración de Bien de Interés
Cultural en 1993, reconocimiento merecido por la riqueza que custodia entre sus
muros, siendo de gran interés
tanto su arquitectura como las piezas artísticas que alberga, sumándose al
patrimonio propio del templo, obras artísticas procedentes de otras iglesias de
la villa.
En su interior conviven obras de
diversa procedencia y época, entre las que destaca el excepcional apostolado
románico-bizantino, tallado en piedra arenisca y aún vibrante gracias a su
policromía original.
Este templo constituye el ejemplo más
sobresaliente de la arquitectura románico-mudéjar conservada en la provincia y
una de las siete iglesias que todavía articulan la vida espiritual y patrimonial
de la villa.
Se alza en el corazón urbano,
recostada sobre uno de los lados de la Plaza Mayor, como una presencia serena
que observa el discurrir cotidiano del lugar. Su fama se apoya, sobre todo, en
la armonía de su cabecera románica de ladrillo y en la intensidad simbólica de
las esculturas que guarda en su interior.
La entrada se realiza por la fachada meridional, a través de un atrio contemporáneo neomudéjar añadido en el siglo XX, fruto de la reciente intervención.
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| Imagen recogida de httpswww.terranostrum.esimagescontentfulliglesia-san-juan-alba-tormes-6.jpg |
A su entrada un antiguo sarcófago relleno de cemento lo que evita descubrir sus formas, da paso a un arco como camino al recinto.
Se apoya en dos magníficos capiteles románicos, probablemente procedentes de la antigua portada. En uno de ellos se despliega una inquietante escena: dos figuras de rasgos simiescos, con colas y pezuñas, comparten una cabeza demoníaca de la que brotan tallos perlados que se enredan en los cuerpos, mientras empuñan objetos que sugieren violencia y castigo.
El capitel opuesto muestra una figura similar, atrapada en un gesto ambiguo de devorar o expulsar un tallo vegetal que se retuerce entre sus manos, creando una imagen de poderosa carga simbólica que establece un diálogo silencioso entre épocas distintas, donde el pasado y el presente se encuentran sin discrepancias.
De la cabecera primitiva, formada por
tres ábsides de ladrillo, sólo se conservan a la vista el meridional y buena
parte del central, pues el septentrional permanece oculto tras una edificación
posterior. Esta interrupción altera la lectura estética del conjunto y afecta
también a la percepción visual de la Plaza Mayor, restándole unidad y
equilibrio.
El ábside central concentra buena parte de la belleza arquitectónica del templo. Sobre un zócalo sobrio se elevan dos niveles de arcos de medio punto doblados, dispuestos con un ritmo elegante y preciso. Su planta exterior, de perfil poligonal, parece responder a una búsqueda de adaptación armónica a la traza rectilínea de los grandes arcos. El primer cuerpo se construye íntegramente en ladrillo, mientras que el superior descansa sobre columnas cuyos fustes fueron cuidadosamente modelados con ladrillos tallados y dispuestos en forma circular, preservando así su esbeltez cilíndrica.
Al cruzar el umbral, el espacio se revela amplio y luminoso, sorprendente en su desnudez. La mirada se eleva sin obstáculos, fruto de una transformación ocurrida en el siglo XV, cuando las antiguas arquerías que separaban las naves cedieron su lugar a dos colosales arcos escarzanos.
Con sus dieciocho metros de luz, sostienen hoy una techumbre de madera moderna que flota sobre el recinto con silenciosa ligereza. Las naves se cubren con armaduras de madera, fruto de la restauración de 1957 aunque incorporando, en la nave de la epístola, fragmentos de un bello artesonado mudéjar pintado, de finales del siglo XV.
La cabecera, ahora plenamente visible, se presenta casi intacta en su esencia románica de ladrillo. El ábside principal despliega tres ventanales enmarcados por el mismo material, mientras la bóveda de horno conserva la sobriedad de su origen.
Sin embargo, el presbiterio guarda la huella del tiempo; en el siglo XVIII su bóveda fue transformada en una cúpula barroca sobre pechinas, añadiendo un gesto de teatralidad al conjunto.
Los ábsides laterales mantienen aún
mayor fidelidad a su traza primitiva. Sus prolongados tramos presbiterales se
cubren con bóvedas de medio cañón, reforzadas en el centro por arcos fajones
doblados que marcan el ritmo del espacio. Tanto los arcos triunfales como estos
fajones descansan sobre columnas adosadas a pilastras, coronadas por capiteles
y basas de piedra de líneas contenidas. En ellos, la ornamentación se vuelve
más humilde que en el exterior, repitiendo sencillas formas vegetales que evocan
monturas estilizadas.
Los hemiciclos de los absidiolos se
animan con delicadas arquerías trilobuladas y frisos de esquinillas, detalles
que aportan movimiento y sutileza a los muros, como un susurro ornamental que
acompaña el silencio solemne del templo.
Distinto y excepcional es el caso del
apostolado de piedra policromada, presidido por la Maiestas, y la figura de la
Theotokos que hoy se conservan en el interior de la capilla mayor.
Once de los apóstoles portan libros, mientras que san Pablo, reconocible por su amplia frente y su alopecia, sostiene una filacteria ilegible.
Los gestos de las manos son variados: algunos muestran la palma, otros sujetan el borde del manto, entrecruzan los dedos índice y corazón, apoyan las manos entre las rodillas, realizan el gesto de bendición o sostienen el libro con ambas manos. San Pedro, situado a la izquierda de Cristo según el punto de vista del espectador, se identifica claramente por las grandes llaves que porta.
San Juan Evangelista, ubicado al lado opuesto
de san Pedro y junto a Cristo, es el único que carece de barba tallada —aunque
un repinte posterior le añadió una—.A su lado se encuentra Santiago, reconocible por las conchas de peregrino pintadas en su túnica.
En el centro del conjunto se sitúa la figura mayestática de Cristo, de mayor tamaño que los apóstoles por una clara jerarquización simbólica. Representa una Teofanía: un Cristo-Dios atemporal que preside el Colegio Apostólico sin connotaciones apocalípticas ni contenidos morales específicos. De rostro sereno, barba larga y partida y abundante cabellera que cae sobre los hombros, viste túnica y manto, calza zapatos puntiagudos y sostiene en la mano derecha un báculo en forma de “tau”, mientras que en la izquierda porta un cetro real rematado con una flor de lis. Cristo reina en el ámbito celeste, y los apóstoles, descalzos, conforman su cortejo.
Desde el
punto de vista estilístico, la solemnidad, la frontalidad y la geometrización
de los cuerpos remiten todavía a la plástica románica; sin embargo, ciertos
gestos, peinados y el tratamiento de los pliegues anuncian ya una transición
hacia el lenguaje gótico.
Todo indica que esta imagen mariana formó parte del mismo pórtico escultórico al que pertenecía el conjunto del apostolado.
En la capilla mayor se custodian otros dos capiteles, unidos modernamente con yeso, que proceden de la desaparecida iglesia de San Miguel en la misma villa. Se decoran, respectivamente, con dos basiliscos afrontados de cuellos enlazados por una banda perlada y con sendos híbridos inscritos en roleos perlados, uno reptiliforme de cola enroscada de remate vegetal y cabeza felina coronada por un cuerno y el otro una especie de pez que se engulle la cola. El rudo tratamiento de los relieves y el carácter recurrente de la iconografía no permite mayores precisiones en la filiación de estos relieves, que parecen obra de un taller local.
Empotrado en el muro del evangelio se encuentra la brillante exhibición de la escuela plateresca que revela la existencia de una interesante escuela escultórica local a la sombra del palacio ducal. Fechado en 1536, su fina labra muestra, a modo de retablo, pilastras laterales que enmarcan un arco solio con hermoso relieve que representa un Descendimiento con Cristo muerto entre San Juan, María y la Magdalena.
El enterramiento pertenece, según dice la inscripción a Diego de la Carrera y Juan Flores, su hijo, cuyos escudos, sostenidos por niños, se reparten sobre la tapa del sepulcro.
Corresponde a uno de los ábsides laterales, concretamente al del lado derecho si lo observamos de frente el del lado de la epístola. Esta capilla encierra la parte arquitectónica más importante de la iglesia, decorada a base de arcos ciegos de ladrillo (trilobulados en la cabecera, de indudable influencia árabe) con basas y capiteles de arenisca. Estos últimos con decoración de hojas carnosas y apomadas. Algunos con la policromía original.
En los muros laterales se hallan cuatro sepulcros del siglo XVI pertenecientes a Diego de Villapecellín, camarero del duque de Alba, alcaide y corregidor de la villa, su esposa y sus dos hijos.
Sobre ellos seis tallas en madera policromada de los siglos XVI y XVII representan a San Miguel abatiendo al diablo, Santa Águeda, Santa Apolonia, San Juan Evangelista –perteneciente a un calvario desparecido-, San Vicente Ferrer y Santo Domingo de Guzmán.
Desembocan en la capilla de la virgen de la guía, en el fondo de la capilla se muestra una deliciosa imagen de la Virgen con el Niño.
Escultura gótica del siglo XIV en piedra arenisca policromada con silueta ondeada y delicada sonrisa característica de su estilo. La Virgen sostiene al Niño que lleva en una mano la bola del mundo mientras con la otra está en actitud de bendecir. La imagen procede de la desaparecida ermita de la Guía, situada hasta finales del siglo XIX en la otra orilla del río, junto al puente, contando con gran devoción por parte de los caminantes y peregrinos, quienes no dudaban en orar ante su imagen.
La Cruz se
asienta sobre una piedra arenisca que representa el Monte Gólgota. Gólgota, también conocido como el Calvario, es la colina fuera
de las antiguas murallas de Jerusalén donde la tradición cristiana sostiene que
Jesús de Nazaret fue crucificado, recibiendo su nombre por su forma de calavera
(Gólgota significa "lugar de la calavera" en arameo) o por ser
un lugar de ejecuciones públicas.
A su derecha unido al colosal arco escarzano del lado norte, un pulpito, realizado en piedra arenisca policromada y fechado entre los siglos XVI-XVII muestra uno de los relieves más antiguos que se conservan con el escudo de la villa de Alba de Tormes, coronado por el pendón de la villa, con una estrella a cada lado y otra bajo uno de los arcos del puente.
A su diestra si miramos de frente, el retablo de La Piedad, testimonio de gran popularidad en este momento artístico, que representa la Virgen desconsolada con su Hijo muerto en el regazo. Imagen del siglo XV que sale en procesión los Viernes Santos. El relieve superior representa la Presentación de Jesús en el Templo, fue aprovechado junto a los del retablo mayor de un retablo hoy desaparecido, siendo obra de Juan de Montejo (siglo XVI)
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Haciendo
ángulo, con el corredor norte se encuentra la capilla de Nuestra Señora de los Dolores,
retablo barroco, donde se encuentra la hermosa talla en madera policromada del
siglo XVII, correspondiente a la escuela castellana de Gregorio Fernández. La
imagen representa con gran viveza y realismo el popular tema de la Dolorosa o
Virgen de las siete espadas en que la Madre de Dios, delante de la Cruz muestra
el más profundo dolor y asolamiento ante la pérdida de su Hijo, mientras apoya
su mano derecha sobre las siete espadas que le clavan en el pecho, símbolo de
los siete dolores que sufrió a lo largo de su vida: La Presentación en el
Templo, La Huida a Egipto, el Niño perdido en el Templo, El Camino del
Calvario, La Crucifixión, El Descendimiento, y El Entierro.
La imagen sale en procesión en el atardecer del Viernes Santo.
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| Imagen recogida de httpsblogger.googleusercontent.comimgbR29vZ2xlAVvXsEiU-pJvvcLbiSu3kPGAOaewhyfJqKC25D25xPirUgtLvOBt5Dk0JW-_lKr7V-Ui_0z35FPQhtae_lmC8YYRfT3cv3nMS1w |
Si seguimos avanzando hacia la Capilla del Santísimo, hallamos un
admirable nicho. Este sepulcro gótico, conservado en la iglesia
pertenece al infante don Pedro de Portugal (†1449), hijo del rey Juan I de Portugal
y de Felipa de Lancaster. Su presencia en Alba de Tormes es excepcional, ya que
murió en el exilio, lejos de su reino, en un contexto de conflictos políticos
entre la nobleza de Castilla y Portugal.
El monumento
adopta la forma de arcosolio adosado al muro, una tipología reservada a
personajes de alto rango en el siglo XV. En el centro destaca el escudo de
Portugal, sostenido por ángeles, elemento que permite identificar con certeza
al difunto pese a la pérdida de la inscripción original. En la parte inferior,
los leones esculpidos simbolizan poder, nobleza y protección eterna.
La calidad
artística del conjunto indica la intervención de un taller gótico castellano de
alto nivel, probablemente activo en la región en la primera mitad del siglo XV.
No existen documentos que indiquen traslado o exhumación posterior, por lo que
se considera que los restos del infante permanecen en este lugar.
Este sepulcro constituye un testimonio único de las relaciones políticas y nobiliarias entre Castilla y Portugal en la Baja Edad Media.
En el arco que corresponde a la portada que se abría en el muro norte,...
Continuando hacia la cabecera se advierte el retablo de Perucho. Conocido con este sobrenombre por estar formado el frontal del altar por la lápida funeraria en pizarra policromada correspondiente al enterramiento de Perucho y Toribio de Villarreal, cuyos retratos se muestran a ambos lados del sagrario.
El retablo es del siglo XVI, de estilo renacentista con estructura de líneas muy clasicistas y sobria decoración. Atribuido por algunos autores a Juan de Montejo. Está presidido por una imagen de gran belleza de Virgen con el Niño en brazos, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario y del Socorro de los afligidos. A ambos laterales imágenes de San Roque, San Alberto y encima San Ignacio de Loyola.
Y así continuamos hasta la capilla del Santísimo, pasando por un tríptico sobre peana, pintado en tabla, fechado en los últimos años del siglo XV o comienzos del XVI, perteneciente al Renacimiento temprano y de clara influencia flamenca, un estilo muy difundido en Castilla durante este periodo.
La obra presenta una estructura tradicional
de tríptico, con una tabla central fija y dos alas laterales abatibles, cada
una de ellas dividida en dos escenas narrativas. La técnica empleada es temple
y óleo sobre madera, lo que permite un notable detalle descriptivo, un colorido
intenso y una cuidada representación de los personajes y los espacios.
El tema iconográfico del conjunto es la Pasión de Cristo, articulada en torno a la Crucifixión, que ocupa el panel central. En esta escena se representa a Cristo en el momento de ser elevado en la cruz, aún no completamente clavado, rodeado de una abundante multitud de soldados y sayones, lo que refuerza el carácter dramático de la composición. A los pies de la cruz aparecen la Virgen María, San Juan Evangelista y María Magdalena, mostrados con una intensa carga emocional. El fondo se abre a un paisaje profundo, construido con perspectiva atmosférica, rasgo característico del Renacimiento de raíz flamenca.
Las alas laterales desarrollan episodios previos y paralelos de la Pasión. En el ala izquierda, la escena superior representa el Prendimiento de Cristo, mientras que en la parte inferior se muestra la Flagelación.
En el ala derecha, la parte
superior presenta a Cristo ya crucificado, acompañado por Longinos y un grupo
de fieles, y en la inferior se representa la Oración en el Huerto de Getsemaní,
con los apóstoles dormidos, subrayando el abandono y la soledad de Cristo antes
de su sacrificio.
El conjunto
se remata en su parte superior con un pequeño edículo o tabernáculo, que
alberga una pintura de la Virgen con el Niño, enmarcada por una decoración
arquitectónica dorada. Este elemento sugiere que el tríptico estuvo destinado a
un ámbito de devoción privada o a una liturgia secundaria, y no al altar mayor
del templo.
Desde el
punto de vista estilístico, la obra se inscribe plenamente en el
hispano-flamenco, visible en los rostros expresivos, el gusto por el detalle
narrativo y el uso simbólico del color. Se relaciona con los talleres activos
en Castilla y el entorno de Salamanca, influidos por figuras como Fernando
Gallego, el Maestro de Ávila y por pintores flamencos cuyas fórmulas fueron
importadas o reinterpretadas localmente. No obstante, la obra no se atribuye a
un autor concreto, sino que se considera producto de un taller.
Dentro del contexto de la iglesia de San Juan de Alba de Tormes, este tríptico no forma parte del conjunto románico original del templo, sino que constituye una pieza posterior, incorporada probablemente desde otra iglesia o capilla. Su presencia refleja el tránsito de la villa hacia el humanismo y la devoción renacentista, enriqueciendo el patrimonio artístico del edificio con una obra de gran valor iconográfico y estilístico.
Esto con relación al lado norte, con respecto al sur tras pasar la actual puerta de entrada a su izquierda el Sepulcro de Garcia Brochero y su mujer.
Este hermoso sepulcro de finales del siglo XV enmarca bajo bellos arcos angrelados de arenisca con decoración de cárdinas, típica del gótico florido.
La caja sepulcral de alabastro sostenida por cuatro leones que portan en sus fauces cuerpos de niños.
La urna se decora con hermosos relieves que representan un Calvario (sobre la tapa) y una Piedad (en el frontal) flanqueados por los escudos familiares, sostenidos por ángeles con los escudos cruzados en zigzag en todo el enterramiento. Heráldica que se repite en el fondo del lucillo.
También podemos observar la sencilla pila bautismal que parece medieval, posiblemente gótica. Es de granito y tiene forma de cáliz con la copa semiesférica completamente lisa. Tanto la basa como el pie son ochavados y moldurados.
El sepulcro pertenece a Andrés Brochero, regidor de la villa de Alba de Tormes,
fallecido en 1504. Procede de la antigua iglesia de San Miguel, arruinada en
1977, y forma parte de un conjunto de enterramientos de la misma familia
conservados actualmente en la iglesia de San Juan. Está realizado en piedra
arenisca y se organiza en un arco escarzano que enmarca la caja sepulcral, cuya
tapa y frontal se decoran con escudos heráldicos sostenidos por figuras
fantásticas o salvajes, elementos propios del arte funerario del momento.
La
inscripción, de carácter funerario, señala el lugar de enterramiento,
identifica al difunto y su cargo público, y solicita oraciones por su alma. La
fórmula “aquí yace” responde a la mentalidad cristiana medieval, que concibe la
muerte como un tránsito hacia la resurrección. La mención de su condición de
regidor subraya su estatus social, mientras que la fecha de 1504 sitúa la obra
en un contexto de transición entre el gótico tardío y el primer Renacimiento.
La
iconografía refuerza este mensaje: el escudo alude al linaje y prestigio
familiar; los leones simbolizan poder y vigilancia espiritual; los tenantes
fantásticos protegen simbólicamente el blasón; y la ornamentación vegetal evoca
la idea de vida eterna. En conjunto, texto e imagen construyen un discurso
unitario que combina memoria, fe cristiana y afirmación social.
Y continuamos hasta la zona de la escalera y entrada a la sacristía. En el muro sur se encuentra la puerta de entrada al templo, junto a la sacristía se encuentran diversas lápidas y enterramientos de singular interés.
Cronológicamente destaca por su antigüedad un sarcófago del siglo XIV, procedente de la iglesia de San Miguel, de un caballero desconocido. Labrado en piedra arenisca con la estatua yacente del difunto sobre la tapa y un perro a los pies como símbolo de fidelidad.
En el frente un relieve representa a Cristo en Majestad inscrito en la mandorla, flanqueado por un apostolado bajo arquería gótica. En la cabecera un calvario y blasón de la familia a los pies.
Sobre la puerta de la sacristía se encuentra una lápida funeraria en pizarra policromada fechada en 1597 con relieves de San Francisco de Asís y San Antonio de Padua entre los escudos familiares.
Adosada al muro de la escalera se encuentra el enterramiento del alférez
Pedro Torrecilla, fechado en 1490, con decoración epigráfica gótica y escudo
del fallecido en el centro.
Junto a la lápida una pizarra policromada de 1619, perteneciente al
enterramiento de Pedro Sánchez de Nogal.
Sobre la escalera una última lápida de pizarra perteneciente al arcipreste de Rodilla, fallecido en 1572.
A la derecha de la entrada está el altar de Cristo atado a la columna,...
En el centro del retablo se encuentra una de las obras más sobresalientes del templo. Se trata de una espléndida tabla de gran calidad artística que representa a Jesús flagelado, obra de indiscutible mérito atribuida a Joan de Joanes y fechada hacia 1535 que ha sido calificada como entre lo mejor de la pintura española del siglo XVI.
De influencia claramente italiana y gran
belleza formal, destaca, sobre fondo oscuro, el cuerpo de Cristo, cuyo rostro,
sobrio y elegante, de gran sentimiento y expresiva mirada, suscita
inevitablemente el recogimiento.
Ha estado expuesto en varios lugares de España y Europa.
INFORMACIÓN RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES
ENLACES:
https://es.wikipedia.org/wiki/Alba_de_Tormes
https://www.terranostrum.es/turismo/un-paseo-por-alba-de-tormes
https://www.arteguias.com/iglesia/sanjuanalbadetormes.htm
https://www.aragonmudejar.com/castillaleon/albatormes/albasanjuan/sanjuan1.htm
https://www.terranostrum.es/turismo/iglesia-de-san-juan-alba-de-tormes
https://villaalbadetormes.es/es_es/iglesia-de-san-juan-apostol/
https://adelgadocosme.blogspot.com/2010/12/iglesia-de-san-juan.html
https://sdelbiombo.blogia.com/2011/072801-el-apostolado-romanico-de-alba-de-tormes-salamanca.php
https://www.romanicodigital.com/sites/default/files/pdfs/files/salamanca_ALBA_DE_TORMES.pdf
VISITA
OTROS SORPRENDENTES LUGARES DE LA PROVINCIA DE SALAMANCA EN EL ENLACE.

































































