Hay fachadas que no se miran: se leen. La del Convento de San Esteban es una de ellas. Tallada en piedra dorada, brilla bajo el cielo de Salamanca como un gran retablo abierto al viajero curioso. Obra maestra del plateresco y diseñada por Rodrigo Gil de Hontañón, su fachada es un relato silencioso donde cada figura, cada relieve, guarda un mensaje antiguo.
Al llegar al conjunto monástico de San Esteban, su fachada plateresca se presenta como un suspiro detenido en piedra,
una obra que parece narrar siglos de fe y dedicación. En el centro, Cristo Crucificado nos observa desde
lo alto, escoltado por medallones con los apóstoles, cada rostro tallado con
tanta delicadeza que casi se percibe su humanidad. La portada se despliega en tres cuerpos, como si cada nivel fuera
un capítulo distinto de un libro escrito en losa.
En el cuerpo inferior, los santos de la orden, Santo Domingo, San Francisco, (lado izquierdo de la imagen), San Jacinto y Santa Catalina de Sena (lado derecho) parecen mirar al viajero con serenidad, mientras que Moisés y Elías nos reciben en los medallones de la puerta. En los dos vanos exteriores atractivos bustos de Adán y Eva, en medallones con corona vegetal de encina (Adán a la izquierda y Eva a la derecha). Nos recuerdan el principio de todo, y los bustos de personajes como Santiago, David, San Jorge y un cuarto que no logro identificar, añaden un aire de historia que se siente viva.
Subiendo la vista, el segundo cuerpo nos narra el heroísmo y la entrega en el martirio de San Esteban. Allí, los medallones de Salomón y Abraham con el sacrificio de Isaac nos invitan a reflexionar sobre la fe y la obediencia, flanqueados por los doctores de la Iglesia: San Andrés, Santo Tomás, San Juan Evangelista y San Pedro Mártir, cuyas miradas parecen transmitir enseñanzas que trascienden el tiempo.
En el tercer cuerpo, el Calvario se alza majestuoso, coronado por el medallón del Padre Eterno. A su alrededor, San Pedro, San Pablo, San León y San Gregorio nos envuelven con una presencia solemne, obra del gran Benvenuto Cellini, maestro italiano del manierismo y heredero de la escuela de Miguel Ángel. Cada detalle, cada gesto, parece cobrar vida bajo la luz del sol, revelando la pasión del Renacimiento por la perfección y la belleza.
Tallado en Piedra
de Villamayor, su textura cálida y dorada refleja la luz de Salamanca,
mientras su estilo renacentista se mezcla con la delicadeza plateresca,
ofreciendo al viajero un instante de contemplación que parece detener el
tiempo. Frente a él, uno no solo observa arquitectura, sino que respira historia, arte y emoción en cada
rincón.
Nada está ahí por azar. La fachada
habla de la defensa de la fe en tiempos convulsos, del orgullo de la orden
dominica y de su cercanía con la monarquía. Los doctores de la Iglesia observan
en silencio, mientras los emblemas reales recuerdan que la piedra también puede
ser política y doctrinal.
La arcada de entrada invita a cruzar
el umbral con calma, sus arcos de medio punto, inspirados en las elegantes
logias italianas, aportan serenidad y equilibrio, como un suspiro tras la
exuberancia.
San Esteban no es solo un convento: es
la memoria de una Salamanca en plenitud, una ciudad donde el Renacimiento
floreció y la fe se esculpió con ambición y belleza. Detente, observa y deja
que la piedra te cuente su historia.
Conocido también como el Convento de
los Dominicos, este impresionante lugar tiene su origen en la comunidad que se
asentó aquí en pleno siglo XIII. Los frailes llegaron a Salamanca entre 1255 y
1256 y levantaron su primer convento en el mismo espacio donde hoy se encuentra
la iglesia de San Esteban. Aquel edificio inicial desapareció con el tiempo
para dar paso al monumento que hoy podemos admirar.
El impulso definitivo llegó de la mano de Fray Juan Álvarez de Toledo, obispo de Córdoba e hijo del II Duque de Alba, quien confió el proyecto al arquitecto Juan de Álava y se comprometió a financiarlo. Sin embargo, tras su muerte, comenzaron los problemas: disputas con sus herederos, retrasos, sobrecostes y varios pleitos que se alargaron entre 1558 y 1566.
Y aun así, la iglesia siguió creciendo. Entre conflictos y desacuerdos quedaron torres sin terminar, rejas pendientes y retablos que tardaron años en llegar. Pero, ajena a todo ese ruido, la piedra siguió elevándose poco a poco, como si el edificio tuviera vida propia, dando forma paulatinamente a uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad.
Mezcla estilos como el gótico o el barroco, siguiendo los cánones del gótico renacentista para lo arquitectónico y del plateresco para la decoración; con la filigrana de sus adornos y la riqueza en su ornamentación. Las obras duraron de 1533 a 1610 año de su consagración.
Nada más
cruzar la puerta, sentí que el tiempo se detenía. El bullicio de la calle quedó
atrás y, de repente, me encontré frente a un auténtico océano de piedra. La
iglesia del Convento de San Esteban se abre en una nave inmensa, de 84 metros
de largo y 14,5 de ancho, con una altura que alcanza los 27 metros y se eleva
hasta los 44 en el crucero. Su planta de cruz latina, con ábside poligonal,
crucero y capillas laterales, invita a recorrerla despacio, sin prisas,
dejándose sorprender a cada paso.
Mientras
caminaba, mis ojos se perdían en las bóvedas de crucería del gótico tardío, que
se elevan como las ramas de un bosque de piedra, guiando la mirada hacia lo más
alto. El crucero y el ábside, en cambio, transmiten una serenidad casi clásica,
una calma que invita al silencio y a la contemplación.
Y allí, en
el centro, el cimborrio de Rodrigo Gil de Hontañón se impone con elegancia,
recordándonos sin necesidad de palabras lo pequeños que somos frente a esa
eterna ambición humana de tocar el cielo.
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| Exterior del cimborrio visto desde el claustro. |
Uno de los elementos más representativos de la arquitectura de San Esteban es, sin duda, el cimborrio. Antes de que Rodrigo Gil de Hontañón asumiera la dirección de las obras, el convento carecía de esta estructura, lo que permitía contemplar directamente la cabecera y la armadura del tejado. Fue su intervención la que transformó el espacio, combinando con maestría las proporciones del gótico con delicados elementos renacentistas, como pilastras clásicas y amplias ventanas que inundan el interior de luz y realzan el corazón de la iglesia. Sobre el crucero se alza el cimborrio, uno de los elementos más representativos de la arquitectura de San Esteban.
Aquí se
produce un auténtico diálogo entre estilos y emociones: soluciones técnicas
casi invisibles que sostienen la grandeza del conjunto, y una decoración
renacentista sobria que no pretende deslumbrar, sino conmover. San Esteban no
se limita a visitarse; se vive.
El
presbiterio, elevado y bañado por la luz que entra desde el ábside, marca el
centro espiritual del templo. Su bóveda de casetones renacentistas aporta orden
y claridad, creando una atmósfera de solemnidad serena que invita al
recogimiento.
Y presidiendo todo el espacio, el retablo del altar mayor, realizado en 1692 por José Benito de Churriguera y finalizado un año después, remata la cabecera con una explosión barroca que contrasta y, al mismo tiempo, dialoga con la sobriedad del conjunto, poniendo el broche final a este extraordinario recorrido por siglos de arte y fe.
En el primer
cuerpo del retablo, seis imponentes columnas salomónicas, cubiertas de delicada
decoración vegetal, se elevan como si estuvieran en movimiento. Sus formas
retorcidas guían la mirada hacia el centro, donde se encuentra el tabernáculo,
concebido como un pequeño templete que parece sostener todo el conjunto. A cada
lado, dos columnas lo enmarcan con elegancia, creando una sensación de
equilibrio dentro del exuberante lenguaje barroco.
Entre estas columnas centrales y las de los extremos se abren dos hornacinas que acogen las esculturas de Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís, atribuidas al propio autor del retablo. Sus figuras, serenas y solemnes, parecen vigilar en silencio el espacio sagrado, recordando al visitante la profunda espiritualidad que impregna cada rincón de San Esteban.
Al elevar la
mirada hacia el segundo cuerpo del retablo, la sensación de asombro no disminuye,
sino que se intensifica. La estructura se vuelve aún más dinámica, más teatral,
como si el conjunto quisiera seguir ascendiendo sin límites. Las columnas,
ahora más estilizadas, continúan marcando el ritmo visual y guiando los ojos
hacia lo alto, invitando a recorrer cada detalle con calma.
En este
nivel, las esculturas y relieves adquieren un protagonismo especial. Las
escenas religiosas, cargadas de movimiento y expresividad, parecen cobrar vida
bajo la luz que se filtra desde el ábside. No son figuras estáticas: son
gestos, miradas y emociones talladas en madera y oro, pensadas para conmover al
visitante y conectar lo humano con lo divino.
Todo en este
segundo cuerpo refuerza esa sensación de ascenso espiritual. Cada línea, cada
pliegue, cada sombra tiene su razón de ser. El barroco aquí no busca solo
impresionar, sino envolver, atrapar al espectador en un juego de luz, volumen y
simbolismo que transforma la contemplación en una experiencia casi íntima.
Y así, poco
a poco, el retablo va desplegando su discurso visual, como un libro abierto
hecho de arte, fe y siglos de historia, que se lee sin palabras, solo con los
ojos y con el corazón.
El retablo mayor de San Esteban impresiona también
por sus dimensiones descomunales: cerca de 16 metros de ancho y 24 de alto, lo
que lo convierte en uno de los conjuntos más monumentales del barroco español.
Frente a él, uno se siente inevitablemente pequeño, como si estuviera ante una
gran escenografía pensada para elevar la mirada y el espíritu al mismo tiempo.
Toda esta grandiosidad se levantó sobre una
estructura de madera de pino, un material muy utilizado en la época por su
resistencia, su flexibilidad y su fácil trabajo. La mayor parte de esta madera
llegó desde los pinares de Balsaín, en Segovia, y desde Soria, a los que se
sumaron cien troncos donados por la Casa ducal de Alba desde sus propiedades en
Piedrahíta. Un detalle que recuerda que, detrás de cada obra monumental, hay
también una historia de viajes, recursos y colaboraciones silenciosas.
Varias décadas después de que el retablo fuera ensamblado,
llegó uno de los momentos más delicados y transformadores de su historia: el
dorado y estofado que realzó su esplendor. Este proceso, de un coste incluso
superior al de su construcción original, fue llevado a cabo por un equipo de
artesanos especializados, cuya paciencia y talento quedaron grabados en cada
detalle. Era un esfuerzo consciente por dotar al retablo de una riqueza
ornamental que reflejara no solo la grandeza de la Orden Dominica, sino también
el contexto artístico y espiritual de la época.
Hoy, todo brilla en oro y se cubre de profusa decoración, convirtiendo al retablo en uno de los ejemplos más significativos del estilo churrigueresco. La familia Churriguera, con su maestría, desarrolló aquí un lenguaje barroco que combina exuberancia y minuciosidad, elevando la ornamentación a un arte que envuelve al espectador. En Salamanca, su legado consolidó un estilo que marcaría profundamente el panorama del barroco español, y en San Esteban podemos contemplarlo en toda su intensidad: un despliegue de luz, forma y detalle pensado para emocionar y elevar el espíritu.
Los retablos del crucero se atribuyen al entorno de los Churriguera. El del Evangelio está dedicado a Santo Domingo de Guzmán y el de la epístola dedicado a Santo Tomás de Aquino.
Desde este mismo crucero y a modo de arco triunfal, se abre la Capilla del Rosario o de los Anaya-Enríquez, sus fundadores, sobre la abertura del arco una pintura mural de Antonio Villamor representando una Coronación de la Virgen y el interior con escenas de la Vida de la Virgen y de la Pasión de Jesús, con otro retablo de los Churriguera.
Ubicada en
el muro norte (lado del Evangelio) esta capilla es una de las joyas del barroco
salmantino.
Originalmente
fue concebida como la capilla privada de la influyente familia Anaya
Enríquez. Destaca el gran fresco en el arco triunfal que representa
la Coronación de la Virgen, obra del pintor Antonio de Villamor. Es
una de las obras cumbres de José Benito de Churriguera, quien definió aquí
el estilo que lleva su nombre.
Se
caracteriza por una decoración desbordante, el uso de pan de oro y un marcado
dinamismo.
El retablo
utiliza columnas salomónicas de fuste retorcido, decoradas con hojas de
vid y racimos, que aportan una gran teatralidad y movimiento.
El retablo
alberga la talla de la Virgen del Rosario, una pieza de gran valor
histórico que fue un regalo personal del Papa Pío V a la Orden de los Dominicos.
Para los dominicos, la predicación era el eje central de su misión. No en vano, la orden es conocida como Ordo Orden de Predicadores. Por ello, el púlpito ocupa un lugar destacado en la nave y está concebido como un auténtico “trono de la palabra”.
Desde aquí se proclamaban: La doctrina católica. Las enseñanzas tomistas. Los principios morales. Las ideas de la Escuela de Salamanca. Era, por tanto, el principal instrumento de comunicación entre los frailes y los fieles.
Presenta una estructura poligonal, ricamente decorada, y se apoya sobre una base escultórica formada por figuras zoomórficas y mascarones, típicos del lenguaje manierista.
La escalera lateral está integrada en la arquitectura, lo que refuerza la sensación de unidad del conjunto. Sobre el púlpito se sitúa un tornavoz de grandes dimensiones, ricamente ornamentado con dorados y rematado por una cruz. Decorado con querubines y motivos celestiales, alude a la procedencia divina del mensaje.
Además de las esculturas de Santo
Domingo de Guzmán situadas en el
lado del Evangelio, el retablo presenta un amplio y detallado programa
iconográfico. En él destaca una magnífica escultura del santo, realizada por el
reconocido escultor Salvador Carmona, que sobresale por su calidad artística y
expresividad.
En la parte superior del retablo se
encuentra un cuadro que representa a Santo Domingo y a San Francisco en actitud
de oración. Esta obra se atribuye a Manuel Petit, también conocido como Piti,
pintor salmantino activo a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII.
Por otro lado, en el retablo situado a
la derecha, del lado de la Epístola se encuentra dedicado a Santo
Tomás de Aquino. Este conjunto
cuenta con una escultura realizada por José
Larra Domínguez y varias
pinturas obra del destacado artista Antonio Palomino, que completan el programa decorativo del
espacio.
Al lado de la bella portada renacentista, del lado de la epístola, que da acceso al claustro de procesiones, dedicada a San José, hay otro gran cuadro, de estilo italiano, que representa el coloquio de Jesús con la Samaritana.

La nave principal
de la Iglesia de San Esteban está cubierta por una impresionante bóveda de
crucería compleja, cuyas claves aparecen decoradas con motivos heráldicos y
religiosos. Esta estructura refleja perfectamente la transición del gótico
tardío hacia un lenguaje más renacentista y racional, donde los arcos apuntados
conviven con proporciones más clásicas y equilibradas.
Entre los contrafuertes se abren las capillas laterales, integradas de forma armónica en el conjunto del templo. Estos pequeños espacios crean un ambiente más íntimo, pensado para la oración personal y el recogimiento. Antes del Concilio Vaticano II (1962–1965), cuando los sacerdotes no podían concelebrar la Eucaristía, estas capillas permitían a los numerosos frailes del convento celebrar diariamente el Sacramento de manera individual.
Hoy en día, más allá de su valor histórico, las capillas laterales siguen siendo un lugar especial donde los fieles y visitantes pueden encontrar un momento de silencio y espiritualidad en medio de la grandeza del templo.
Mientras avanzo
por las capillas laterales de la iglesia, cada rincón parece guardar una
historia. En una de ellas, dedicada a San Jacinto de Polonia, me encuentro con
un delicado sepulcro renacentista. Sobre él reposa la figura yacente de un
caballero: López Fernández de Paz, miembro de un antiguo linaje salmantino. Es
fácil imaginar cómo, siglos atrás, este espacio era también un lugar de memoria
y prestigio familiar.
Un poco más
adelante, en la tercera capilla del lado de la Epístola, me sorprende una gran
pintura mural que cubre casi por completo los muros. Data de 1722 y fue
realizada por Antonio Villamor. Representa la Pasión de Jesucristo con una
intensidad que invita a detenerse unos minutos y observar cada detalle.
En este pequeño oratorio descubro también un calvario de madera policromada, fechado en 1535 y de estilo gótico; probablemente procedente de una iglesia anterior.
Muy cerca, casi oculto entre las pinturas, se esconde el acceso al antiguo locutorio donde Santa Teresa de Jesús se confesaba con el padre Domingo Báñez. Saber que por aquí pasaron figuras tan importantes de la espiritualidad española añade una emoción especial a la visita.
Y no fue la única. El convento de San Esteban tuvo un papel clave durante la Contrarreforma, y por sus muros pasaron personajes como San Ignacio de Loyola o Francisco de Vitoria. Caminar por estos espacios es, en cierto modo, seguir sus pasos.
Uno de los elementos que más me llama la atención es la pila bautismal románica, uno de los pocos restos visibles del pasado medieval del monasterio. Con casi 900 años de historia, actúa como un auténtico “testigo silencioso” del tiempo. Su decoración está llena de simbolismo: cabezas humanas que representan las almas, motivos vegetales que evocan la vida eterna y formas ondulantes que recuerdan el agua purificadora del bautismo.
Nada está colocado al azar. La copa simboliza el vientre materno y el nuevo nacimiento, la columna representa a Cristo como base de la fe, y la base alude a la Iglesia como comunidad que sostiene al creyente. Es uno de esos detalles que pasan desapercibidos si no se miran con calma.
Sobre el crucero se alza el cimborrio, uno de los grandes protagonistas arquitectónicos de San Esteban. Obra de Gil de Hontañón, quien combinó magistralmente elementos góticos con detalles renacentistas. Sus amplias ventanas bañan de luz el espacio central y realzan aún más la majestuosidad del conjunto.
Salir de la iglesia de San Esteban después de recorrerla con calma deja una sensación difícil de describir: la de haber viajado en el tiempo, atravesando siglos de arte, fe e historia en uno de los rincones más fascinantes de Salamanca.
Por último, a los pies de la nave se encuentra el coro elevado, apoyado sobre un gran arco escarzano. Esta solución arquitectónica permite liberar el espacio inferior y ofrece una vista despejada hacia el altar, reforzando la sensación de amplitud y armonía del conjunto.
Al llegar al
coro, la sensación de amplitud vuelve a imponerse. Es un espacio pensado tanto
para la oración como para el canto litúrgico, presidido por una magnífica
sillería de madera tallada en 1651 por Alfonso Balbás,
bajo el patrocinio de fray Francisco de Araujo, obispo de Segovia. Sus columnas
estriadas, los detalles minuciosos y el gran órgano que domina la parte
superior convierten este lugar en uno de los rincones más solemnes del templo.
Desde aquí, los
frailes participaban en los oficios divinos separados del resto de los fieles,
en una especie de mundo propio, elevado y silencioso, donde la música y la
oración marcaban el ritmo de la vida cotidiana.
En el testero del
coro me detengo ante una de las obras más impresionantes de San Esteban: el
gran fresco del "Triunfo de la Iglesia", pintado por Antonio Palomino en
1705. A primera vista, su tamaño y su luminosidad ya impactan, pero cuanto más
lo observas, más detalles descubres.
La obra representa a la Iglesia Militante y Triunfante. En la parte inferior aparece la Iglesia militante, simbolizada por una mujer vestida de pontifical que avanza en una carroza, acompañada por santo Tomás de Aquino. A su alrededor se distribuyen las virtudes cardinales —prudencia, fortaleza, templanza y justicia— y las virtudes teologales —fe, esperanza y amor—. Bajo los caballos, quedan aplastadas figuras que representan la ignorancia, el error y la herejía, mientras que los siete pecados capitales aparecen simbolizados por distintos animales: el oso (la ira), el avestruz (la gula), el pavo (la soberbia), el lobo (la avaricia), la cabra (la lujuria), el perro (la envidia) y la tortuga (la pereza).
En la parte
superior, la escena se eleva hacia lo celestial: la Iglesia triunfante,
presidida por la Trinidad y rodeada de numerosos santos, entre los que destacan
la Virgen María, santo Domingo de Guzmán, san Esteban, san Juan Bautista y san
Antonino de Florencia. Los colores luminosos y el dinamismo característico de
Palomino envuelven toda la composición en una atmósfera de grandeza y
trascendencia.
En el centro del
coro se encuentra un asiento especialmente destacado, que no pasa
desapercibido. No es un simple lugar para sentarse: corresponde al espacio
reservado al prior del convento y está presidido por una pintura de la Virgen
con el Niño. Su presencia refuerza el carácter sagrado y simbólico de este
punto central.
La obra recuerda
claramente al estilo del pintor flamenco Rubens, a quien se atribuyó durante
mucho tiempo, aunque hoy se cree que pudo ser realizada por un seguidor. La
delicadeza en los gestos, el uso de la luz y la riqueza cromática transmiten
una mezcla perfecta de ternura y solemnidad, subrayando tanto la humanidad como
la divinidad de Cristo.
Al fijarme en los
detalles de la sillería, descubro que las partes más ricamente decoradas son la
crestería y las misericordias, obra del tallista Juan de Mondravilla. A él se
debe también el impresionante facistol situado en el centro del coro: un enorme
atril que sorprende tanto por su tamaño como por la calidad de su talla,
auténtica joya de la artesanía en madera.
Recorrer San Esteban también es comprender que este templo no nació de un solo impulso, sino del paso paciente del tiempo.
Salir de este espacio después de conocer todos estos detalles hace que la visita se vuelva aún más memorable: no solo has visto un monumento, sino que has recorrido, paso a paso, varios siglos de vida, pensamiento y espiritualidad.
Ya casi al final del recorrido, en la cabecera, al
lado de la Epístola, se encuentra el enterramiento de Don García Álvarez de
Toledo, primer duque de Alba, fallecido en 1531, junto a su familia. Un último
recordatorio de cómo en San Esteban se entrelaza arte, poder, fe e historia.
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Plano recogido de: httpslh3.googleusercontent.comblogger_imgAPIUysgGOIp1JisoVq7_76lIWhvyQp_poxT_CQGTvMLaTFB0Lv0iuGeYYDsjLinQNLxjC-O_L3exUA8-umN4sMQ=s1600 |
Entre los grandes
nombres ligados a San Esteban destaca el de este noble castellano que fue
protector decidido de los dominicos y uno de los principales impulsores del convento.
Como era habitual en los fundadores, quiso ser enterrado dentro del propio
edificio, en el suelo del templo, en un gesto de humildad y pertenencia eterna
al lugar que ayudó a levantar.
El mausoleo que
hoy concentra muchas miradas es el de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba de Tormes, una de las figuras más poderosas del siglo XVI.
Murió en Tomar, cerca de Lisboa, el 11 de diciembre de 1582, a los setenta y
cuatro años. Sus restos fueron trasladados inicialmente a ALBA DE TORMES (Enlace a nuestro blog) donde
recibió sepultura en el convento de San Leonardo. Sin embargo, en 1619 fueron
llevados definitivamente a San Esteban, y desde 1983 reposan en una capilla del
convento en un mausoleo proyectado por Chueca Goitia y financiado por la
Diputación Provincial de Salamanca.
El mausoleo se encuentra específicamente en la Capilla de San Pedro Mártir (también conocida como la Capilla de los Bonal), situada en el tránsito o pasillo que conecta la iglesia con la sacristía.
Es un lugar de paso, pero también de memoria.
Como ocurre con
muchos personajes históricos rodeados de poder, no falta la leyenda. Se cuenta
que el espíritu del "Gran Duque de Alba" protege su tumba y que quien la toque con
malas intenciones sufrirá desgracias. En el siglo XIX, un intento de expolio
terminó con varios implicados enfermos, lo que alimentó aún más la historia.
Verdadera o no, la narración añade un halo misterioso al lugar.
Después de la escalera de soto, van sucediéndose, en la panda este, varios espacios fundamentales: el llamado Capítulo Nuevo, cuya portada plateresca del siglo XVI se integra bajo una bóveda gótica de crucería.
La sacristía también fue concebida como espacio funerario por su fundador, fray Pedro de Herrera Suárez obispo de TUY (Enlace a nuestra publicación). En una hornacina elevada del lado izquierdo se encuentra su efigie orante en piedra policromada, obra de Antonio de Paz.
Frente a él se sitúa el cenotafio de fray Diego de Deza. Ambos sepulcros establecen un interesante diálogo visual y simbólico.
La
imagen de Herrera Suárez transmite la espiritualidad más tradicional, centrada
en la santidad y la vida piadosa. En cambio, el retrato de Deza refleja una
figura más institucional y política, propia de una Iglesia ya plenamente
integrada en las estructuras de poder. Incluso las inscripciones marcan esa
diferencia: en un caso se ensalzan virtudes personales; en el otro, cargos y
responsabilidades públicas. Dos formas distintas de servir a la Iglesia, dos
épocas que conviven en el mismo espacio.
Del mismo Antonio de Paz. son también las imágenes de la Asunción de la Virgen, San Pedro y San Pablo situadas en el testero, presididas por un Cristo anterior conocido como Jesús de la Promesa.
La
sacristía fue enriqueciéndose con el paso de los siglos gracias a importantes
donaciones. Ya en el siglo XIV, benefactores como Inés de Limógenes y su esposo
Juan Alfonso Godínez entregaron joyas, cruces de plata, cálices y vestiduras
litúrgicas. Más allá de su valor material, estas aportaciones simbolizaban el
compromiso espiritual y social de quienes querían dejar su huella en el
convento y contribuir al esplendor de sus celebraciones.
Existe
un pasaje que conduce al claustro bajo, al que se accede después de atravesar
la Escalera de Soto. Desde este mismo paso también se llega desde la Capilla de
los Bonal, donde se encuentra enterrado el Gran Duque de Alba, lo que lo
convierte en un punto de conexión entre ambos espacios, sacristía y cenotafio.
La entrada a la iglesia puede hacerse directamente desde la esquina noreste que desemboca a través de la Puerta de San José, (a la izquierda de la fotografía) utilizada principalmente para la circulación cotidiana de los dominicos. Este acceso permitía la entrada directa al templo sin atravesar las zonas públicas y estaba conectado con la sacristía y los espacios litúrgicos. Además, se empleaba en procesiones internas, en la entrada del clero y en actos solemnes o a través de la impresionante Escalera de Soto (imagen central de la fotografía). Esta última fue diseñada y construida entre 1553 y 1556 por Rodrigo Gil de Hontañón, y debe su nombre a fray Domingo de Soto, catedrático de la Universidad de Salamanca y confesor del emperador Carlos V, quien financió la obra.
Pero la Escalera de Soto no es solo un acceso: es una declaración arquitectónica. Su importancia radica tanto en su belleza como en su función, ya que conecta la iglesia con la sacristía, el coro, la biblioteca y los dormitorios. Es, literalmente, la columna vertebral del convento.
Construida en piedra de Villamayor —esa piedra dorada tan característica de Salamanca—, aprovecha el momento en que las canteras trabajaban intensamente para la Catedral Nueva.
La escalera parece sostenerse casi por sí sola, adosada al muro, y asciende elegantemente hacia el piso superior bajo una bóveda decorada con casetones y relieves que en su origen estuvieron policromados.
Todo el conjunto parece transmitir una idea clara: subir esta escalera no es solo ascender físicamente, sino también espiritualmente, desde lo terrenal hacia lo celestial.
La dirección de las obras se ha ligado a Gil de Hontañón, que posteriormente trabajaría en la catedral por las buenas impresiones que causó la escalera. La tipología de estas escaleras se consolida en el siglo XVI. Podemos decir que hay tres elementos principales que decoran la escalera:
El emblema de Soto, que sirve principalmente para conmemorar al promotor.
El relieve de María Magdalena, que aparece representada como protectora de la orden en una actitud contemplativa e intelectual.
Inscripciones y medallones en los muros de la caja de la escalera, con textos bíblicos y figuras de profetas y evangelistas que conectan con el Antiguo y Nuevo Testamento.
Se considera que la bóveda representaría una “pasiflora”, como símbolo de la Pasión de Cristo y subrayando el tema de la Encarnación divina.
Con todo esto, se podría concluir que la escalera vendría a simbolizar un ascenso espiritual desde lo terrenal hacia lo celestial.
Merece la pena detenerse un instante en la puerta de la sacristía que desemboca en la escalinata. Se trata de una portada de estilo plateresco, ese primer Renacimiento español que convierte la piedra en un auténtico trabajo de orfebrería. Su estructura responde a un esquema clásico, ordenado y equilibrado, pero la decoración —rica, minuciosa y casi delicada— recuerda el trabajo de un platero tallando metal precioso. En ella conviven todavía ecos góticos con la nueva estética renacentista que comenzaba a imponerse en el siglo XVI. Es uno de esos detalles que pueden pasar desapercibidos si uno camina deprisa, pero que revelan hasta qué punto en San Esteban cada transición entre espacios fue pensada también como una transición artística y simbólica.
Justo enfrente de la escalera, en la esquina noroeste del claustro bajo, se alza la Portada de San Pedro de Verona, se encuentra dedicada al primer mártir dominico, es la actual portería. otro lugar clave en la circulación del conjunto. Pegada a esta portada, en la panda norte, se alinean los cinco antiguos confesionarios, con dobles accesos: uno hacia el claustro para el confesor y otro hacia las capillas para el fiel.
A la derecha de la fotografía uno de los confesionarios, existe un sexto en el muro de la portería descubierto más recientemente y con acceso para el fiel desde la primera capilla de la Epístola. Puede distinguirse en el fondo de la estancia.
Durante la Contrarreforma fue un importante centro donde se forjaron los padres dominicos que fundaron la Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria a la cabeza, y se prestó ayuda a Santa Teresa de Jesús y a San Ignacio de Loyola, Conservando sus confesionarios específicos.
Durante el siglo XVI, con la construcción de la nueva iglesia, se reforzó esta conexión entre sacristía, claustro y coro, creando un recorrido arquitectónico coherente y funcional que aún hoy puede seguirse paso a paso.
El acceso al coro
se realiza desde el ángulo noroeste del claustro alto, a través de una elegante
portada plateresca coronada por el escudo de fray Juan Álvarez de Toledo.
Cruzarla es casi como atravesar un umbral simbólico: del bullicio del recorrido
pasas de nuevo al silencio elevado del canto y la contemplación.
Su organización en dos plantas, respondía a la necesidad de acoger a un mayor número de fieles y adaptarse a las crecientes exigencias litúrgicas y comunitarias.
Después de la escalera de soto, van sucediéndose, en la panda este, -ala más institucional,-y zona más noble, con varios espacios fundamentales: En el caso del convento dominico de San Esteban existen dos salas capitulares:
El Capítulo Antiguo o Sala Capitular Antigua, utilizado desde la construcción medieval del convento hasta 1634.
El Capítulo Nuevo, más amplio y luminoso, reformado en el siglo XVII.
El llamado Capítulo Nuevo, cuya portada plateresca del siglo XVI se integra bajo una bóveda gótica de crucería.
Recorrer este claustro no es solo admirar arquitectura. Es entender cómo cada espacio estaba pensado para reflejar una forma de vida. En San Esteban, las piedras hablan —y si te detienes un momento, casi puedes escuchar lo que tienen que contar.
Dentro de la sala capitular antigua que tiene una puerta principal centrada y otras secundarias: la Portada de San Gregorio Magno, la Sala de Profundis y la Capilla Carvajal.
En la panda sureste esta, la Portada de San Gregorio Magno, de entrada a la Sala De profundis, la dependencia más antigua conservada del antiguo monasterio, en la que oraba la comunidad por las almas de los difuntos al ir y volver del refectorio, En origen fue la sala capitular primitiva, en el siglo XVI se transformó en un lugar clave para el estudio y la reflexión, y hoy funciona como sala interpretativa.
Aquí se gestó parte del pensamiento de la Escuela de Salamanca, con figuras como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto o Bartolomé de las Casas y otros dominicos del convento, como fray Tomás de Torquemada —prior de San Esteban y gran inquisidor—, fueron conocidos por su firme defensa de la ortodoxia, pero también por su interés por el conocimiento y la ciencia. Desde estos muros se defendieron ideas muy avanzadas para su tiempo, como la dignidad de todos los seres humanos y los derechos de los pueblos indígenas.
Sus reflexiones influyeron incluso en el emperador Carlos V y están en el origen del Derecho Internacional moderno. Pensar que en esta sala nacieron debates que cambiaron la historia añade una dimensión completamente distinta a la visita.
En la sala se conservan lápidas conmemorativas dedicadas a importantes dominicos. En ellas aparecen teólogos y pensadores de la Escuela de Salamanca y otros miembros destacados de la orden, como Domingo de Guzmán.
Estas lápidas forman un espacio de memoria que reconoce la aportación de los dominicos de San Esteban al pensamiento humanista, jurídico y teológico del Renacimiento español.
Frente a la justificación de la conquista y la esclavitud, estos frailes afirmaron que los indígenas tenían derecho a su libertad, sus tierras y su cultura.
En esta sala nacieron ideas que cambiaron la forma de entender la justicia y la dignidad humana en el mundo.
Y en el ángulo sureste tras la Portada de San Gregorio Magno, que da entrada a la Sala De profundis, a su izquierda, la de la Capilla Carvajal, donde estuvieron enterrados doña Beatriz de Carvajal y su esposo, don Diego de Gavia, tampoco visitable en la actualidad.
Continuando por la Panda Sur que es un ala funcional, utilizada para la vida cotidiana. En su esquina suroeste esta el refectorio con sus puertas amplias para facilitar el tránsito comunitario.
El claustro cumplía un papel fundamental dentro del convento, ya que tenía varias funciones importantes. Por un lado, era el espacio donde se realizaban las procesiones religiosas, y por otro, servía como lugar de paso habitual para los miembros de la comunidad. Además, permitía la comunicación entre las distintas dependencias del convento, facilitando el acceso a los diferentes espacios.
A lo largo de su historia, el claustro ha sido sometido a distintas intervenciones de restauración. Entre las más importantes se encuentran las realizadas durante los siglos XIX y XXI, las cuales tuvieron como objetivo principal conservar tanto su estructura arquitectónica como su valiosa decoración artística.
El claustro fue concebido para
procesiones y oración comunitaria, pero también como espacio de enseñanza. Sus
pilares y muros desarrollan un ambicioso programa iconográfico distribuido en
medallones con profetas del Antiguo Testamento, ordenados cronológicamente. Es
una auténtica “Biblia en piedra”, pensada para la formación espiritual de
frailes y fieles.
El claustro de Procesiones o Claustro de los Reyes. Construido entre 1533 y 1544 bajo la dirección de fray Martín de Santiago, combina elementos góticos y renacentistas, reflejando ese momento de transición artística que caracteriza al conjunto.
Disponen de veinte grandes arcos renacentistas tratados al estilo gótico tardío, estos arcos que lo separan del jardín, son de medio punto e incorporan un tratamiento gótico al estar divididos por tres maineles rematados con capiteles angulares decorados con grutescos, mezcla arcos de medio punto renacentistas con bóvedas de crucería góticas. Organizado en dos plantas, fue ampliado para acoger a más fieles y adaptarse a las necesidades litúrgicas y comunitarias. Era espacio de procesión, lugar de paso diario y eje de comunicación entre todas las dependencias.
Hay un templete de planta hexagonal, que sirve como lavatorio o fuente central para el esparcimiento y la estética del jardín. Su diseño es de estilo plateresco-renacentista, en armonía con la arquitectura del resto del claustro. El claustro completo, incluyendo sus elementos ornamentales, fue diseñado también por Fray Martín de Santiago, religioso del propio convento. Se ubica en el nivel inferior del Claustro de los Reyes, con una pequeña puerta para permitir el acceso a los caminos que llevan directamente al templete. Un solo acceso central en cada una de las cuatro pandas .
Para adentrarse en el jardín hay que cruzar unos antiguos pasos coronadas con un dintel de piedra, donde permanecen tallados los escudos de las grandes casas que protegieron el oratorio. Es como atravesar un umbral silencioso en el que la historia, la nobleza y la memoria custodian el paso hacia un espacio más íntimo y sereno.
En las esquinas interiores del claustro se encuentran hornacinas con escenas de la infancia de Jesús, formando una narración visual de la Encarnación: la Anunciación, el Nacimiento, la Adoración de los Reyes y la Presentación en el Templo.
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En la esquina noroeste, La Anunciación a la Virgen María; Representa el momento en que el Ángel Gabriel anuncia a María que será madre del Salvador según el relato evangélico.
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En la noreste, la escena del Nacimiento, muy erosionada por el paso del tiempo, deja entrever a la Virgen arrodillada en adoración, a San José junto a ella y al Niño en el centro, apenas distinguible. A los lados, los restos del buey y la mula recuerdan el relato tradicional.
La Virgen María, arrodillada, en actitud de adoración. San José, situado junto a ella, también en posición cercana al Niño, que está en un cesto en el centro de la escena que apenas se distingue por el desgaste a los lados, de lo que parece el buey y la mula, también bastante deteriorados, símbolos tradicionales del pesebre, y potenciales ángeles, en la parte superior. Toda la escena muy erosionada.
En el filo suroeste, la adoración de los Reyes Magos: Los Magos de Oriente visitan al Niño Jesús ofreciéndole regalos: oro, incienso y mirra.
Uno de los relieves más interesantes, en el ángulo sureste, reproduce la Presentación del Niño Jesús en el Templo. María sostiene al Niño en el eje central, mientras Simeón lo reconoce como “Luz para alumbrar a las naciones”. San José aparece en segundo plano. La composición es compacta, ceremonial y perfectamente integrada en el pilar, sin romper la armonía arquitectónica.
Para un dominico del siglo XVI, esta escena tenía un mensaje claro: obediencia a la Ley, reconocimiento de la Verdad y misión evangelizadora. Predicar significaba, simbólicamente, hacer lo mismo que Simeón: presentar a Cristo al mundo.
Y mientras camino bajo estos arcos, rodeado de piedra dorada y silencio, entiendo que este claustro no era solo un lugar de tránsito. Era un espacio para aprender, meditar y recordar que el arte, en San Esteban, siempre tuvo una intención más profunda que la mera belleza.
Seguimos caminando por San Esteban, porque el convento es casi una ciudad dentro de la ciudad.
En el mismo claustro se conserva un epitafio latino medieval, empotrado en el muro y protegido hoy con metacrilato. Debajo se ha colocado una transcripción moderna para facilitar su lectura, pero la piedra original sigue hablando con voz propia.
En la Edad Media,
estas lápidas señalaban las tumbas de frailes destacados. Con el tiempo,
algunas fueron reutilizadas en los muros, aunque se conservaron por su valor
simbólico. El epitafio recuerda a un tal Pedro, probablemente un dominico
relevante del siglo XIII, quizá parte del núcleo fundador del convento. Es
emocionante pensar que estamos ante un testimonio directo de los primeros pasos
de la comunidad dominica en Salamanca.
“A quien Dios eligió y nada hizo indebidamente,
ni quebrantó la ley, lo cubre esta piedra.
Supo vivir de tal modo que no murió para la vida,
pues enseñó a otros a vivir plenamente y bien.
Generoso en gastos, noble en su conducta,
nadie lo superó: era decano.
Cumplió su camino eterno en el cuarto día
del quinto mes. Pedro, hijo único.
En la era mil trescientos doce y cuatro,
oprimido por la arena peregrina.”
Por su contenido y datación, se cree que este Pedro fue un dominico relevante en San Esteban durante el siglo XIII, posiblemente uno de los primeros grandes formadores del convento o parte del núcleo fundador. Esta lápida es, por tanto, un testimonio directo de los orígenes de la comunidad dominica en Salamanca. Esta en el interior del Convento de San Esteban, en uno de los corredores del claustro.
En las zonas no visitables del convento se conservan otros dos claustros. El llamado Claustro de Colón, de finales del siglo XV, de estilo sencillo, se vincula tradicionalmente a las reuniones de Cristóbal Colón con los frailes. Más austero aún es el Claustro de los Aljibes, levantado sobre una estructura medieval anterior, posiblemente mudéjar, relacionada con el almacenamiento de agua entre los siglos XII y XIII. Su antiguo aljibe abastecía al convento en tiempos de necesidad, y más tarde fue integrado en el conjunto renacentista.
Hoy, el convento
sigue vivo. Aquí tiene su sede la Facultad Pontificia de Teología de San
Esteban, heredera del antiguo Estudio General. Se celebran encuentros y
conferencias, como las Conversaciones de San Esteban, donde se reflexiona sobre
los retos del ser humano actual.
También es sede
de cofradías muy vinculadas a la ciudad, como la Hermandad Dominicana del
Santísimo Cristo de la Buena Muerte, que procesiona en la madrugada del Viernes
Santo, llenando Salamanca de silencio y recogimiento.
Recorrer San
Esteban no es solo visitar un monumento. Es comprender cómo, durante siglos,
aquí convivieron oración, estudio, poder, arte y debate intelectual. Un lugar
donde la piedra dorada de Salamanca no solo sostiene bóvedas… también sostiene
ideas que cambiaron el mundo.
A lo largo de los siglos, el claustro ha sido restaurado en distintas ocasiones —especialmente en los siglos XIX y XXI— para preservar tanto su estructura como su rica decoración escultórica.
Recorrer San Esteban no es solo visitar un monumento. Es comprender cómo, durante siglos, aquí convivieron oración, estudio, poder, arte y debate intelectual. Un lugar donde la piedra dorada de Salamanca no solo sostiene bóvedas… también sostiene ideas que cambiaron el mundo.
Cuando salgo de San Esteban y vuelvo a la luz dorada de Salamanca, siento que no he visitado solo un monumento, sino que he atravesado siglos de historia viva.
Aquí la piedra no es solo arquitectura: es pensamiento, es fe, es debate, es poder y es silencio. En estas galerías resonaron pasos de frailes anónimos y de grandes nombres que influyeron en el rumbo del mundo. En estas salas nacieron ideas que defendieron la dignidad humana cuando aún era una noción frágil. En estos claustros se mezclaron el murmullo de la oración y el rigor del estudio.
San Esteban no se impone por estridencia, sino por profundidad. Es un lugar que se descubre despacio, caminando sin prisas, dejando que la luz entre por los arcos, que el eco acompañe cada paso y que la historia se revele poco a poco.
Si visitas Salamanca, entra. Pero no lo hagas con prisa. Recorre la iglesia, sube la Escalera de Soto, detente en el claustro, busca los relieves casi borrados por el tiempo, asómate al silencio de la Sala de Profundis. Y cuando salgas, tal vez entiendas que algunos lugares no se visitan… se interiorizan.
San Esteban no se queda en la memoria por lo que ves, sino por lo que despierta.
Y eso, en un viaje, es lo más valioso de todo.
INFORMACIÓN RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:
https://es.wikipedia.org/wiki/Convento_de_San_Esteban_(Salamanca)
https://www.conventosanesteban.es/
https://www.turismocastillayleon.com/es/patrimonio-cultura/convento-san-esteban
https://www.terranostrum.es/turismo/iglesia-convento-de-san-esteban-salamanca
https://www.asturnatura.com/turismo/guia/convento-de-san-esteban-2899#google_vignette
https://www.salamancaenelayer.com/2025/03/el-murcielago-alevoso-de-fray-diego.html
https://www.youtube.com/watch?v=Ksl2bo1_bds
https://viajarconelarte.blogspot.com/2013/02/salamanca-erudita-ii-san-esteban-ii.html
https://viajarconelarte.blogspot.com/2013/02/salamanca-erudita-ii-san-esteban-i.html
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